El primero de enero es un día universal de promesas. Con las doce uvas recién digeridas y el eco del brindis todavía en el aire, nos lanzamos a la creencia mágica de que, solo por cambiar el calendario, seremos “una nueva versión” de nosotros mismos.
Juramos ir al gimnasio cinco veces por semana, eliminar el azúcar, ir a ver a la abuela, a la tía y aprender chino mandarín. Sin embargo, para el 4 o 5 de enero, esa euforia inicial ya ha chocado violentamente contra la realidad.
¿Por qué abandonamos casi de inmediato? La respuesta no está en nuestra falta de voluntad, sino en nuestra salud mental y la toxicidad de las expectativas.
La mayoría de las resoluciones de Año Nuevo nacen de la ansiedad post-fiestas y no de una planificación sostenible. Hemos pasado un diciembre de excesos (comida, gasto, socialización) y nuestro primer impulso en enero es la compensación drástica. Queremos solucionar en una semana el desequilibrio de un mes. Esto se traduce en metas que son, por diseño, insostenibles: dietas extremadamente restrictivas, rutinas de ejercicio que solo agotarán los músculos (y la moral) o el intento de leer diez libros a la vez.
El cerebro, exhausto del rush de diciembre, clama por descanso, pero nosotros lo obligamos a entrar en modo rendimiento máximo. Esta presión extrema, vestida de “autocuidado”, es en realidad una forma de productividad tóxica.
El problema se agrava con la mentalidad de “todo o nada”. Cuando, inevitablemente, fallamos en una de estas metas (por ejemplo, nos saltamos el gimnasio el día 4), la narrativa interna se vuelve cruel: “Ya lo arruiné, soy un fracaso”. Este error de un solo día se convierte en la excusa perfecta para desechar todo el esfuerzo. Para el 5 de enero, el ciclo de la culpa se ha activado, y volvemos a nuestros viejos hábitos, sintiendo más frustración que antes.
Para romper esta dinámica y cuidar nuestra salud mental, es necesario abandonar la presión del “Año Nuevo, Vida Nueva” y adoptar un enfoque más compasivo y realista.
En lugar de enfocarnos en metas gigantes, la clave es el hábito atómico. La neurociencia nos dice que el cerebro ama la coherencia, no la revolución. En lugar de proponernos “hacer una hora de yoga”, proponte “sacar el tapete y sentarme en él por cinco minutos”. En lugar de “ahorrar el 50% de mi sueldo”, comienza por “revisar mis gastos dos veces por semana”. El foco debe estar en construir un sistema, no en alcanzar un evento.
El verdadero objetivo de enero no debería ser transformarse, sino recuperarse de las fiestas y asentar una base de bienestar. Prioriza el sueño, la hidratación y el tiempo de ocio sin culpa. El cambio real es lento, aburrido y se construye día a día. Dejemos de castigarnos con metas que nos hacen sentir insuficientes y optemos por la autocompasión. El mejor regalo de Año Nuevo es darle a nuestra mente la tregua que necesita.
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