Opinión

Venezuela: la transición que nunca fue (y el guion que ya conocíamos)

La caída de Maduro no fue una ruptura, sino un relevo calculado donde Washington apostó por el control del poder real antes que por la democracia.
Venezuela (Publimetro)

Lo ocurrido en Venezuela no tiene nada de improvisado. Ni sorpresa, ni arrebato militar, ni giro histórico. Todo esto huele más a libreto que a ruptura. Un guion escrito hace años, ensayado desde 2019, afinado en despachos diplomáticos y filtrado, con elegante discreción, por medios estadounidenses como The Atlantic cuando los barcos gringos comenzaron a aparecer en el Caribe como quien no quiere la cosa.

Desde entonces se hablaba de lo mismo: garantías, salida negociada, exilio seguro, amnistía para Nicolás Maduro y su círculo. Incluso para él. No era un rumor marginal. Era la condición básica para que el régimen se fuera sin incendiar el país. Y también la razón por la que las Fuerzas Armadas venezolanas jamás se alinearon con la oposición: nunca vieron ahí un futuro viable ni protección real.

Por eso hoy conviene hacerse la pregunta incómoda: ¿qué precio está dispuesto a pagar Estados Unidos por la salida de Maduro… y el sistema se quede?

Donald Trump y Marco Rubio lo han dicho sin rodeos. No buscan épica democrática ni transiciones ejemplares. Buscan control. Control del territorio, del petróleo y del tablero regional. Y para eso, más que héroes morales, necesitan operadores funcionales.


Ahí entra Delcy Rodríguez.

Delcy no es un accidente ni un premio de consolación. Es una decisión. Es la pieza que permite continuidad sin caos. La mujer que conoce el negocio del petróleo, que sabe cómo se mueve el poder real en Caracas, que tiene línea directa con mandos militares y que puede firmar, ordenar y ejecutar sin que el país se desborde. Trump no la quiere porque confíe en ella; la quiere porque la necesita. Y por eso mismo la mantiene bajo amenaza permanente: coopera o habrá más operaciones. Así de simple.

En menos de 36 horas, Delcy pasó de exigir la liberación de Maduro y su esposa a tender puentes con Washington. No es pragmatismo: es supervivencia política.

¿Y María Corina Machado?

Aquí está la otra verdad incómoda. Machado es la líder más popular de la oposición, sí. Pero no controla nada de lo que importa en este momento: ni armas, ni territorio, ni instituciones. No puede garantizar orden ni evitar violencia. Y cuando lo urgente es apagar el incendio, Estados Unidos no apuesta por quien representa el futuro, sino por quien controla el presente.

Trump lo dejó claro con brutal honestidad: es muy querida, muy respetada, muy simbólica… pero no sirve para gobernar ahora. Ni siquiera está en el país. Y en Washington, hoy, eso pesa más que cualquier legitimidad moral.

Hay quienes dicen —y no suena tan descabellado— que Trump jamás le perdonó haber aceptado el Nobel de la Paz que él siempre quiso. Puede ser anécdota o puede ser carácter. En Trump, ambas cosas suelen mezclarse.

Así, Venezuela no vive una transición real, sino una administración tutelada. No hay ruptura con el chavismo, sino reciclaje. No hay victoria democrática, sino reacomodo del poder. El petróleo sigue siendo el objetivo central y la región, el tablero completo.

Mientras tanto, los venezolanos de Miami no están haciendo maletas para volver a sus pueblos, y los discursos —los de Estados Unidos y los de la izquierda latinoamericana— siguen alimentando a las masas con relatos que poco tienen que ver con lo que realmente se negoció (¿quién?).

La intervención no es la salida. Nunca lo ha sido. Pero a veces, en este juego cínico de la geopolítica, sirve como empujón para mover piezas que llevaban años inmóviles. Cuba, Irán, Venezuela: distintos escenarios, la misma lógica.

El problema no es el guion. El problema es que seguimos fingiendo que no lo habíamos leído antes.

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