Opinión

Democracia en modo avión

Para leer con: “Saturation”, de Porch Light

La frase que mejor define el espíritu de la época no es un ingenioso insulto ni un jingle de Tik Tok. Es algo mucho más lesivo: un encogimiento de hombros. Un “me da igual” soltado a media voz.

No confundamos este gesto con desdén ni ignorancia, es saturación que mutó en mecanismo de supervivencia.

​Durante décadas, la ciencia política diagnosticó la apatía como el cáncer cívico por definición. Se nos dijo que el problema era la comodidad intensiva o la falta de alfabetización democrática. Ese diagnóstico caducó.


Según el Digital News Report 2024 del Reuters Institute, la “evasión selectiva de noticias” alcanzó cifras récord a nivel global (Newman et al., 2024). La gente se aleja de la política, no porque no entienda lo que pasa, sino porque lo entiende demasiado bien. Han consumido tanta realidad sin ver cambios tangibles que la indiferencia se hizo la única respuesta racional en un sistema que exige atención infinita pero ofrece resultados nulos.

Cuando voté por primera vez, esperé el día por meses. Recuerdo haberme vestido para la ocasión. Por las mañanas y las noches, informarse era un deber pactado. ​Lo cierto es que el ciudadano promedio no dejó de informarse; dejó de creer que informarse servía de algo. Sabe quién roba, identifica al mentiroso y detecta el cambio de gorra según el auditorio. Reconoce el teatro pero no encuentra la salida. Ahí es cuando opta por el silencio. No porque no escuche, sino porque ya oyó demasiado.

​Esta democracia del “me es inclusive” (el lado amable del “me vale”) ni siquiera habita en el anonimato, sino en la ironía. En el meme resignado. En la broma fácil que empieza con un “todos son iguales” y termina con “la política apesta”. No es postura ideológica: es un mecanismo de defensa.

Cuando todo parece una disputa ajena, el desgano se vuelve una forma de autocuidado.

Los partidos monopolizaron la política para hacerla estratégicamente indeseable. O, ¿quién quisiera ser constante objeto de escarnio? ¿A quién le gustaría lanzar y recibir rasguños y jaloneos en la tribuna de la Cámara de Diputados o de Senadores? ¿Quién quisiera defender lo indefendible en la tribuna que nadie pela? ¿Quién pudiera ser lo suficientemente cínico para dar la espalda a quien representa en beneficio exclusivo de su billetera? ¿Quién quiere tener como profesión ocultar tanta cola que se pueda pisar?

Los políticos hablan cada vez más fuerte para un público cada vez más lejano. Se multiplican los acentos, se endulzan las consignas, se abaratan las urgencias. Exagerar el dramatismo a ritmo de perreo parece la nueva fórmula de los mensajes partidistas. Una que funciona para el corto plazo y que devalúa la atención y la confianza ciudadana en el largo plazo.

Pero este “me da igual” no implica que la gente no tenga postura. Al contrario, esconde convicciones claras, pero impensables de ser instrumentalizadas. El votante no se hizo apático; se volvió escéptico. Y el escepticismo, cuando no encuentra recursos, se transforma en distancia.

Lo peor es que esta hipócrita forma de convivencia resulta funcional. Parece ser que un ciudadano agotado es un ciudadano predecible. No protesta, no exige, no espera demasiado y no vota: ¿para qué? El sistema sigue operando, pero con una participación inexistente, con los mismos de siempre en la camarilla. Aceptando solo a quienes juran perpetuar el modelo.

La bronca no es que la gente diga “me da igual”. El problema es que nadie parece dispuesto a demostrarle que no debería darle igual. Que su participación no es un trámite, sino una posibilidad efectiva de incidencia. Que la política no es solo un espectáculo que se consume, sino un espacio de responsabilidad que nos pertenece.

El primer gesto democrático tendría que partir del escuchar. No convocar. Menos aún prometer, sino aceptar diferencias. No gritar, sino bajar el volumen. Porque el “me da igual” no es un punto final: es una advertencia. Una forma educada, y profundamente política, de decir que así, ya no.

La democracia no muere cuando la gente deja de votar. Empieza a perder sentido cuando la gente deja de participar incluso cuando no hay elecciones. Y hoy, sobran las conversaciones cotidianas en las que esa expectativa se redujo a una breve frase, casi imperceptible, que pesa más que cualquier consigna en el Zócalo: “me da igual”.

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