Escuchamos el clásico “¡Es viernes y el cuerpo lo sabe!”
La semana laboral quedó atrás. Pero casi de inmediato, aparece una nueva presión, tan agotadora como la anterior: la de maximizar el fin de semana.
Tenemos apenas 48 horas. Y de repente, la agenda se llena: el brunchque no podemos cancelar, el gimnasio que juramos no saltarnos, las compras de la despensa, el networkingpendiente, y quizás, si hay suerte, lavar la ropa o pasar la aspiradora.
Cuando llega el lunes, el cuerpo nos duele. No por el esfuerzo físico, sino por el agotamiento mental. Nos sentimos más cansados y estresados que el viernes.
¿Estamos realmente descansando o solo estamos cambiando la productividad de la oficina por la productividad del ocio?
Hemos sido condicionados culturalmente. Creemos que el tiempo libre debe ser productivo o, peor aún, Instagramable. El cerebro, que necesita desesperadamente detenerse, se ve forzado a seguir un ritmo de consumo y de cumplimiento social. La palabra procrastinar va de boca en boca como pecado mortal.
Confundimos la distracción (ver una serie hasta la madrugada o hacer un viaje relámpago de 72 horas) con el descanso reparador (el sueño, el silencio, el simple no hacer nada).
El problema es que cuando llenamos cada minuto, le negamos a nuestra mente el espacio vital que necesita para sanar.
El cerebro tiene una herramienta poderosa llamada la “Red de Modo por Defecto”. Esta se activa solo cuando no estás enfocado en nada específico. Es el momento en que se consolida la memoria, florece la creatividad y, lo más importante, se resuelven esos problemas que llevabas arrastrando toda la semana.
Si no permitimos ese espacio, la red nunca se activa. Solo acumulamos fatiga.
La meta de un fin de semana no es tachar tareas o acumular historias en redes. Es reducir el costo cognitivo y el estrés.
Para romper con la tiranía del sábado productivo, debemos redefinir lo que significa descansar:
Esta es la herramienta de autocuidado más barata y efectiva. Duerme las horas que tu cuerpo te pida. Si es posible, deja la alarma de lado y el celular lo más lejos posible y recupera el déficit semanal. Tu mente te lo agradecerá.
Regálate cinco minutos para simplemente estar. Mira por la ventana, siéntate en un parque sin tocar el teléfono, o deja que tu mente divague mientras lavas los platos. El aburrimiento es, de hecho, el combustible de tu enfoque.
Designa un bloque de tiempo sagrado, quizás el domingo por la mañana, en el que no harás nada que debashacer. Ni ejercicio por obligación, ni compromisos sociales forzados, ni adelantar trabajo.
El cambio real en tu bienestar es lento y se construye en la tranquilidad. No te castigues con la productividad del ocio. Date el permiso de aburrirte y de recargarte de verdad.
En C7 Salud Mental, te escuchamos y acompañamos. 🫂
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