La llamada de urgencia entre Claudia Sheinbaum y Donald Trump no fue diplomacia de rutina. Fue una llamada preventiva. Duró apenas 15 minutos, pero concentró una tensión que lleva semanas acumulándose. Trump ya no está mirando al mundo: está mirando su entorno. América completa. Y cuando eso ocurre, nadie en la región puede fingir normalidad.
La presidenta mexicana fue clara después de colgar. Reconoció que buscó la llamada “de emergencia” luego de que Trump repitiera, al menos tres veces en una semana, la posibilidad de una intervención directa de Estados Unidos en México para combatir a los cárteles. El mensaje desde Palacio Nacional fue firme: cooperación sí, soldados no. Soberanía primero.
“Él insistió en que Estados Unidos puede ayudar en otros temas, pero dijimos que no es necesario enviar soldados”, explicó Sheinbaum en la mañanera. Acordaron seguir trabajando juntos. El libreto conocido. El problema es que Trump ya no está leyendo el mismo guion.
Desde México se pusieron sobre la mesa cifras: reducción de hasta 50% en el cruce de fentanilo por la frontera, caída de 43% en las muertes por esa droga en Estados Unidos, disminución de homicidios en México, más laboratorios incautados y más detenciones. Datos duros. Resultados concretos. Entiendan, aun así, el tema ya no es el fentanilo.
Trump piensa en bloques de poder, no en indicadores aislados. Después de la incursión que terminó con Nicolás Maduro fuera del tablero —captura para unos, secuestro para otros— quedó claro que Washington volvió a ejercer fuerza directa en su hemisferio. Y cuando eso pasa, el mensaje es regional: Cuba, Colombia, México… todos entran en el mapa mental, incluso Groenlandia.
Marco Rubio lo dijo sin rodeos al exhibir la hipocresía europea: “Quieren que les demos misiles para defender Europa, pero cuando Estados Unidos posiciona portaaviones en su propio hemisferio, entonces eso es un problema”. Estados Unidos no va a pedir permiso para blindar su casa.
Europa, mientras tanto, quedó reducida a espectadora moral. Sin músculo militar, sin capacidad real de defensa, incapaz de sostener Ucrania sin Washington. La OTAN existe porque Estados Unidos la sostiene. Sin ellos, Europa no protege ni Groenlandia ni nada. Trump lo sabe y actúa en consecuencia.
China amarra África y el sudeste asiático. Rusia mantiene bajo control su viejo espacio exsoviético. Estados Unidos, en cambio, busca cerrar filas en el continente americano. No es un tema ideológico, es puro cálculo estratégico. Ya no quiere financiar organismos ni sostener alianzas que no le dejen ganancia. Lo que manda ahora es el poder duro: beneficios medibles, control territorial y ventajas concretas. El ejemplo está en su “Golfo de América”, una jugada tan clara que hasta el presidente de Repsol terminó alineándose, marcando distancia con México para rendir pleitesía y asegurar su tajada del pastel venezolano.
Ya van más de quince llamadas y hasta un encuentro relámpago entre Sheinbaum y el presidente estadounidense. Siempre el mismo discurso público: cooperación sin subordinación, respeto mutuo, buena relación. Pero del lado norte, el sentido de la relación está cambiando.
Nadie debería celebrar una intervención en un país soberano. Pero negar la dirección de los hechos es ingenuo. Trump tiene la vista puesta en América y en los intereses de su país. Ahora sí, MAGA dejó de ser un eslogan. Está tomando forma como doctrina continental. Y México, le guste o no, está dentro del perímetro.
