Opinión

Ruido de Fondo: Cuando el espectáculo reemplaza a la política cultural

Polymarchs en el Ángel
Polymarchs en el Ángel

Cada fin de año, la Ciudad de México se convierte en escenario de un gran espectáculo financiado con recursos públicos. Para recibir 2026, el gobierno capitalino organizó un evento masivo en Paseo de la Reforma que fue presentado como una celebración cultural e incluyente. La fiesta fue grande, la asistencia numerosa y las imágenes circularon por todos lados.

Pero detrás del escenario, de las luces y de los aplausos, vale la pena hacerse una pregunta de fondo: ¿esto es una política cultural o solo entretenimiento costoso pagado con dinero público?

Los eventos de fin de año se financian con partidas etiquetadas como servicios de cultura, recreación y espectáculos. Bajo esa clasificación se han destinado millones de pesos a conciertos y montajes de gran escala. En años recientes, por ejemplo, la contratación de espectáculos como el sonidero Polymarch ha sido estimada en alrededor de 12 millones de pesos, sin contar los costos de producción, sonido, iluminación, seguridad, logística y cierres viales. Es decir, hablamos de un gasto considerable que merece algo más que aplausos: merece debate público.

El problema no es la celebración. Nadie cuestiona el derecho de la gente a disfrutar el espacio público ni a cerrar el año con alegría. Celebrar no es malo. Lo preocupante es cuando el espectáculo empieza a sustituir a una verdadera política cultural; cuando se confunde una noche de fiesta con el cumplimiento de los derechos culturales.


La cultura no se reduce a un escenario ni a un artista famoso. Una política cultural implica memoria, identidad, patrimonio, participación comunitaria y acceso equitativo a los recursos. Implica apoyar a creadoras y creadores locales, fortalecer procesos barriales, preservar tradiciones, abrir espacios para nuevas voces y reconocer la diversidad que define a esta ciudad. Todo eso no puede resumirse en un evento aislado, por concurrido que sea.

La Ciudad de México es una de las urbes más diversas del país. Aquí conviven pueblos y barrios originarios, comunidades indígenas, lenguas, fiestas tradicionales, expresiones populares y proyectos culturales comunitarios que sobreviven con presupuestos mínimos. Frente a esa riqueza, concentrar grandes recursos públicos en un solo formato de entretenimiento masivo no refleja nuestra pluralidad ni responde a una visión cultural incluyente y de largo plazo.

Este tipo de decisiones abre un debate de prioridades. Mientras se destinan millones a una sola noche de espectáculo, muchos espacios culturales comunitarios carecen de mantenimiento, artistas locales no cuentan con apoyos sostenidos y programas de formación artística se reducen o desaparecen. No se trata de quitar la fiesta, sino de preguntarnos qué estamos dejando de hacer por pagarla.

A esto se suma la polémica en torno a algunos espectáculos, como el caso de Polymarch, donde se han señalado posibles vínculos familiares con figuras del Gobierno Federal. Más allá de si existe o no una irregularidad administrativa, existe otro problema: la discrecionalidad con la que se decide el gasto cultural. Cuando el presupuesto se asigna sin planeación, sin consulta y sin criterios claros, se debilita la confianza ciudadana y se vacía el sentido de lo público.

La cultura no puede definirse desde una oficina ni imponerse desde una cúpula. Necesita escucha, diálogo y participación. Los mecanismos ciudadanos no son un adorno: son indispensables para construir políticas culturales que respondan a la realidad de la gente y no solo al impacto mediático del momento.

Celebrar no es gobernar. Gobernar en materia cultural implica decidir con sensibilidad, priorizar con visión y entender que la cultura es un derecho, no un lujo ni un espectáculo ocasional. Implica invertir en procesos que fortalezcan el tejido social, no solo en eventos que generan aplausos por una noche.

La Ciudad de México no necesita dejar de celebrar. Lo que necesita es que la fiesta no reemplace a la política cultural. Menos espectáculo como sustituto del proyecto, y más cultura con identidad, comunidad y futuro. Porque la cultura es memoria, es voz y es pertenencia. Y eso merece mucho más que una noche de luces.

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