Opinión

Lo real como espejo de nuestras creencias

Mucho se ha dicho que cada ser humano es creador de su propia realidad. Desde la física cuántica —en su divulgación más accesible— se ha señalado que el observador no es un ente pasivo. Se dice que la manera en que se observa influye en el resultado, que la realidad no se manifiesta de forma completamente independiente de la conciencia que la mira.

No se trata de pensar mágicamente que todo ocurre por simple deseo, sino de reconocer que jugamos un papel decisivo en esto. Aquello a lo que se le da foco tiende a organizarse, a cobrar forma, a repetirse. La realidad, entonces, no sería algo rígido y ajeno, sino un campo de posibilidades que se concreta en diálogo con nosotros, como sus interlocutores.

Los conocimientos ancestrales, mucho antes de que existiera el lenguaje científico, ya lo decían a su manera. Desde la sabiduría viva de culturas antiguas se hablaba del poder de la palabra, del pensamiento y de la intención. Se sabía que lo que se nombra se fortalece, que lo que se cree se vuelve camino, que aquello que se sostiene en el corazón termina reflejándose en el diseño de nuestra vida.

El mundo externo era visto como un espejo del mundo interno, y la armonía o el caos comenzaban siempre en la conciencia. Por eso se dice que la realidad que cada quien vive es un reflejo nítido de aquello a lo que se le ha dado cabida, no sólo de lo que se desea, sino de lo que se acepta como cierto, de lo que se considera “normal”, “inevitable” o “así soy yo”.


Las creencias funcionan como acuerdos silenciosos con la existencia. Si se acuerda que el amor duele, el amor duele. Si se acuerda que no es posible cambiar, el cambio no llega. Si se acuerda que el mundo es hostil, el mundo se muestra hostil.

Aunque el escenario parezca compartido —un mismo país, una misma familia, una misma época— la porción de realidad que corresponde a cada persona es de cada uno por completo. Dos individuos pueden atravesar la misma circunstancia y vivirla de maneras radicalmente distintas. Uno ve castigo, el otro aprendizaje. Uno ve pérdida definitiva, el otro, un momento de impulso.

Esa diferencia no está tanto en lo que ocurre, sino en la fidelidad que cada quien mantiene a sus creencias más profundas. La parte incómoda puede ser reconocer que se es creador de una realidad que se ha sostenido durante años y que no nos gusta.

Implica aceptar que fuimos creadores de ciertas rupturas, conflictos o repeticiones por ideas, miedo o lealtades absurdas. Sin embargo, en esa misma incomodidad se esconde el invaluable regalo del poder que regresa a las manos de quien observa. Si algo fue creado desde nosotros —aunque haya sido de manera inconsciente— también entonces puede ser cambiado.

Todo se reduce, al final, a la conciencia, no de juzgar, sino de iluminar, para dejar de operar en automático y dar paso a la verdadera creación consciente. Desde ahí, cada ser humano es autor de su camino. Nacemos como lienzos en blanco, y cada pensamiento traza una línea, cada emoción aporta un color, cada acción define una forma.

Es un juego de responsabilidad amorosa. De recordar que la Divinidad está en cada uno, como una obra viva en constante proceso de creación. Y entonces, incluso en medio de la incertidumbre, algo se ordena por dentro: la certeza de que siempre existe la oportunidad de elegir de nuevo.

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