Para leer con: “Paranoid Android”, de Radiohead
Enero se navega con la obstinación de un entrenador personal que no acepta excusas. El calendario cambia de página y, acto seguido, el cuerpo se vuelve un proyecto. Hay quien lo inscribe en una dieta, quien lo somete a una rutina y otros que lo conectan a un reloj inteligente para que les digan, con voz de semáforo, si hoy fue una buena persona. No buscamos salud: buscamos certidumbre. Reconocimiento. Validación.
En un mundo que no se deja gobernar, el cuerpo parece el último territorio administrable. No podemos decidir el precio del dólar, pero sí el de la proteína en polvo.
Cuando todo se descompone afuera, adentro se busca orden. Si el clima es imprevisible, la economía berrinchuda y la política una coreografía de tropiezos, el cuerpo ofrece una ilusión de control: calorías contadas, pasos acumulados, horas de sueño certificadas por una pulsera, anillo o app que vigila incluso los ronquidos. El yo se vuelve un dashboard; el bienestar, una hoja de cálculo y la jornada diaria, el apremio de un Project Manager.
La tecnología ya no sirve para comunicarnos con otros, sino para delatarnos a nosotros mismos. Somos sospechosos de sedentarismo hasta que el dispositivo demuestre lo contrario.
Antes, la culpa se confesaba. Hoy se sincroniza. El pecado ya no es comer de más, sino no cerrar los anillos del día. El reloj no te juzga, solo registra. Pero este registro es una forma de dictamen: dormiste mal, te moviste poco, respiraste sin convicción. El artefacto no perdona; apenas sugiere. Y uno obedece con entusiasmo automático, como si la salud fuera una envoltura del regalo que es haber llegado a las calorías quemadas.
Las rutinas de ejercicio agregan un matiz a considerar. Ya no basta con moverse: hay que superar versiones anteriores de uno mismo, como si el Boss Level fuera el yo de ayer. El gimnasio es una oficina de recursos humanos donde el empleado se evalúa sin piedad. “¿Diste tu máximo?” es una pregunta que nadie le haría a un poeta, pero que aceptamos a la primera cuando se trata de abdominales.
Hay algo conmovedor en esta disciplina del cumplimiento. No es que dejamos de creer en el bienestar integral; es que preferimos medirlo en centímetros. No importa que no te sientas estresado, como el que te regañe el reloj por estarlo. Por eso enero es el mes de los pactos privados: “Ahora sí”. Ahora sí el cuerpo será un lugar limpio, predecible, sin sobresaltos. El cuerpo como refugio. El cuerpo como frontera.
Pero toda frontera tiene contrabando. A la dieta se le filtra la ansiedad; a la rutina, el cansancio; al sueño perfecto, la vigilia del tren del pensamiento. El mercado lo sabe y ofrece soluciones con aroma a lavanda y a promesa. Hay colágenos que prometen juventud, apps que prometen enfoque, suplementos que garantizan una vida más larga que los planes que tenemos para ella. El autocuidado es un negocio delicado: vende alivio pero compra culpa. Si no funcionó, fue porque no lo hiciste bien. El sistema nunca falla; el cuerpo sí.
El bienestar es hoy, una moral portátil. Hay alimentos con reputación y ejercicios con sello de garantía. Se come con ideología y se corre con identidad. En la mesa ya no se discute el sabor, sino el índice glucémico. En el parque no se camina: se cumple. Ya no se presume lo desayunado, sino las horas de ayuno. El cuerpo deja de ser un territorio vivido y se convierte en un terreno auditado. Cada paso suma; cada descanso resta. La vida, reducida a un tablero de control.
El mercado del autocuidado comprendió algo relevante: no vendemos bienestar, comercializamos tranquilidad momentánea. Una app no promete felicidad, ofrece gráficas. Y las gráficas, como los horóscopos, administran momentáneamente el caos. Da igual si no entendemos del todo lo que significan; lo importante es que suban o bajen con intención narrativa.
Al final del día, el problema es que el bienestar —ese término que ahora pronunciamos como un talismán— siempre fue impreciso. Nadie está bien del todo, todo el tiempo. Apenas somos funcionales. El organismo no es una startup con KPIs ni OKRs; es una narración con contradicciones. Hay días en los que el cuerpo pide pausa y el reloj exige récord. ¿A quién creerle?
El tema quizás no sea cuidarse, sino entender al cuidado personal como un Ministerio Público. El bienestar entendido como capataz termina por expulsar el placer, que también es una forma de salud. Comer sin culpa, moverse sin meta, dormir sin informe: pequeñas insurrecciones contra la tiranía de la medición. No se trata de abandonar las métricas, sino de recordar que son solo guías, no el fin en sí.
Basta recordar que el cuerpo también se rebela. Se enferma, se cansa, envejece sin levantar un ticket. Y en ese fracaso nos recuerda algo frío: no todo se puede medir ni optimizar. A veces, la única forma de recuperar un poco de control es aceptar que no lo tenemos. Pero eso no lo dirá nunca, ningún reloj.
