Opinión

Todo lo que supimos antes de entenderlo

Para leer con: “Single, No Return”, de Ten Fé

Todo lo que supimos antes de entenderlo
Todo lo que supimos antes de entenderlo (Gemini)

En México las puertas no solo dividen espacios: administran secretos. Una puerta cerrada no siempre protege; a veces educa. Nos enseña qué no preguntar, qué no mirar, qué no recordar. Crecemos aprendiendo a pasar de largo frente a ciertas habitaciones de la casa y, más tarde, frente a ciertas zonas de la memoria. El aprendizaje de fondo no ocurre en la escuela, sino en esos silencios bien organizados que nadie se toma la molestia de explicar.

El terror de las puertas (Alfaguara, 2025), de Ethel Krauze, parte de una idea simple: una niña empieza a abrir lo que siempre estuvo ahí. No descubre monstruos exagerados, sino lo cotidiano al dejar de ser inocente.

Es difícil establecer con precisión el final de nuestra infancia porque esta no termina con una fecha; concluye cuando entendemos que el mundo tiene doble fondo. Y ese fondo, casi siempre, está en casa.

La narradora solo cuenta lo que puede ver. El lector entiende lo demás. Ese es uno de los pactos literarios que más se agradecen: no explicarlo todo. Ahora que estamos obsesionados con decirlo todo y en todos lados, el silencio vuelve a ser un gesto formativo. Hay cosas que pesan más cuando no se nombran, porque obligan a quien lee a completar la escena con su propio instinto, con su historia, con sus propias puertas cerradas.


La casa aparece entonces como el verdadero campo de batalla. Ahí se heredan objetos tanto como miedos. No joyas ni cuentas bancarias, sino maneras de callar. Pero también se hereda algo menos visible: la capacidad de resistir sin aspavientos, de seguir viviendo aunque el aire pese.

Ethel Krauze decide que casi nadie tiene nombre aquí. Madre, padre, hermana, abuela. Esa falta de nombres vuelve la historia incómodamente cercana. No leemos sobre “una familia”, sino sobre la constante posibilidad de la nuestra. La novela no busca representar a alguien en particular, sino activar una experiencia compartida: el momento en que uno empieza a sospechar que crecer consiste en comprender lo que nadie quiso decir.

Hay también un profundo linaje femenino que atraviesa el libro. Mujeres que aprenden a no doblarse, a decirle sí a lo que sigue, incluso cuando ese sí viene acompañado de miedo, de renuncias, de secretos heredados. Es una auténtica épica de la persistencia.

Leer este libro no es una experiencia cómoda. Tampoco pretende serlo. Recuerda que abrir puertas da miedo, pero cerrarlas para siempre es otra forma de perderse. Y la literatura sirve para eso: no para tranquilizarnos, sino para empujarnos a observar. Porque solo entrando, aunque incomode, se empieza, de verdad, a salir.

* Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quien las escribe y firma, y no representan el punto de vista de Publimetro.

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