En México, el miedo ha dejado de ser una respuesta proporcional al riesgo para convertirse en un estado de ánimo atmosférico.
Según la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) de diciembre de 2025, el 63.8 por ciento de las personas adultas urbanos considera que vivir en su ciudad es inseguro. Lo paradójico de esta cifra es su resistencia para descender con la misma velocidad que la incidencia delictiva reportada por el Secretariado Ejecutivo.
Esta desconexión no es un error de percepción ciudadana ni una falla en la narrativa de la Presidenta Claudia Sheinbaum sobre la baja en homicidios, es la síntesis de un fenómeno que la criminología denomina “incivilidades”.
Al cierre de 2025, el 59.7 por ciento de la población reportó ver consumo de alcohol en la calle y 40.3 atestiguó la venta o consumo de drogas en su entorno inmediato. Como plantea la Teoría de las Ventanas Rotas, cuando un bache no se repara o un grupo de personas se apropia del espacio público para el consumo de sustancias, el ciudadano asume que el crimen es el siguiente paso lógico.
La percepción es un cálculo de probabilidad personal. Para una madre de familia en Uruapan (88.7 por ciento de inseguridad percibida) o Ecatepec (88), el hecho de que el promedio nacional de homicidios baje es irrelevante si tiene que esquivar una riña o un foco de vandalismo para llegar al transporte público. El miedo se alimenta de lo cercano, no de lo agregado.
Por el contrario, las entidades que han logrado reducir el miedo lo han hecho con una gestión del orden público que minimiza las incivilidades. En la capital, la Jefa de Gobierno Clara Brugada enfrenta la misión de profundizar este modelo de “paz territorial”.
El uso de tecnología y denuncia ciudadana a través de las líneas operadas desde C5 —9-1-1, 089, *765 o 55 5036 3301 contra la extorsión— es central en la construcción de entornos seguros, pero insuficiente si no se traduce en una recuperación física del espacio y el fortalecimiento de la cultura cívica.
@guerrerochipres
