Desde la metafísica se afirma que todo lo que existe, absolutamente, proviene de una misma sustancia creativa y se dice que la vida entera es expresión del Yo SOY, esa presencia consciente que se reconoce como origen, camino y destino de todo lo que ES.
Bajo esta comprensión, nada está separado de la Fuente y todo emana de su inteligencia amorosa y todo retorna a esta. Cuando se observa la realidad desde esta ley universal —la poderosa verdad de que somos UNO con la Fuente—, se vuelve evidente de que todo lo creado comparte el mismo origen divino en una inimaginablemente grande paleta de colores, desde lo más denso hasta lo más sublime.
El dinero, visto desde esta óptica, no es un enemigo y tampoco un salvador. No es bueno ni malo por sí mismo. Es, ante todo, una energía. Una manifestación más de la sustancia creativa que adopta una forma específica para facilitar el intercambio, la organización y el movimiento dentro del mundo humano.
Al igual que el lenguaje, el tiempo o los símbolos, el dinero es un acuerdo energético colectivo, un vehículo a través del cual circula valor, intención y conciencia. Si todo proviene de lo Divino, entonces el dinero también lo hace. No como objeto, no como cifra, no como formato -billete, moneda, número digital-, sino como principio energético de intercambio.
El Yo SOY se desdobla en fractales de divinidad que experimentan, crean y ordenan la realidad. El dinero es uno de esos fractales: una creación humana nacida de la necesidad de relacionarse, de compartir, de equilibrar dar y recibir.
Sin embargo, con el paso del tiempo, se le han impuesto innumerables etiquetas. Muchas de ellas cargadas de miedo, culpa, carencia o desvalorización. Se le ha asociado con abuso, corrupción o separación, olvidando que no es la energía en sí la que distorsiona, sino la conciencia desde la cual se le utiliza.
La energía siempre obedece a la intención que la dirige. ¿Qué pasaría si, por un momento, se retiraran todas esas etiquetas? ¿Qué ocurriría si se permitiera que el dinero existiera en un espacio neutral, sin juicios heredados, sin historias repetidas, sin cargas ideológicas ni emocionales?
Al hacerlo, se abre la posibilidad de reconocerlo simplemente como lo que es: una energía que vibra, que responde, que fluye conforme a la coherencia interna de quien la invoca y utiliza. Cuando usted comprende que no está separado de la Fuente, también entiende que no está separado de ninguna de sus expresiones.
El dinero deja entonces de ser ya sea un fin o una amenaza, y se revela como un reflejo de la relación que se sostiene con la propia energía creadora. No llega para definir el valor personal, pero, en cambio, puede ser un maravilloso móvil para los procesos de creación, servicio y expansión.
Desde esta conciencia es posible relacionarse con el dinero desde la gratitud, el respeto y la claridad. No se le persigue ni se le rechaza; se le permite ser y circular. Recordemos el principio de que toda energía estancada se densifica, y toda energía ligera, fluye.
El Yo SOY no se opone a ninguna de sus creaciones; las integra, las ordena y las expande. Cuando usted permite que el dinero simplemente sea, sin miedo ni idolatría, vuelve a ver su verdadera raíz: la conciencia detrás de todo lo existente. Y desde ahí, toda forma vuelve a alinearse con su origen: la unidad amorosa de lo que ES, del YO soy, de lo divino en todo.
