Si algún día México decide postularse como potencia mundial, no debería hacerlo por su gastronomía ni por su diversidad cultural (méritos indiscutibles), sino por su talento más constante y menos celebrado: la capacidad de convertir cualquier acto en un trámite.
En este país no se nace, se inicia un expediente. No se vive, se gestiona. No se muere: se certifica, se sella, se fotocopia en tres tantos y se entrega en ventanilla equivocada.
El trámite mexicano no es un procedimiento: es un género literario. Tiene suspenso, arco narrativo, giros inesperados y un antagonista consistente: el funcionario que “no vino hoy”. Su lógica existencial es implacable: cuando todo simula estar resuelto, aparece un requisito no mencionado previamente, preferentemente en formato físico, en original, emitido por una dependencia que cerró en 2005 y por si fuera poco, apostillado.
En sí, el problema no es la burocracia. Es su vocación pedagógica. El trámite no pretende resolver nada: busca hacerte un ninja en paciencia, en humildad y en una forma muy específica de resignación cívica. Te recuerda, con amabilidad pasivo-agresiva, que el tiempo no te pertenece. Que siempre hay alguien que lo administra mejor que tú.
La digitalización prometió el paraíso. “Ahora todo será en línea”, dijeron. Y lo fue… hasta el punto en el que el sistema arroja un mensaje genérico de error y te sugiere acudir personalmente a la oficina. La modernidad mexicana no elimina el trámite: le da escala. Ahora puedes fracasar tanto en línea como presencialmente.
Hay trámites que exigen comprobante de domicilio para comprobar que existes, identificación oficial para probar que eres tú y una fotografía tamaño infantil para recordar que, frente al gobierno, siempre serás menor de edad. Otros piden cita, pero solo se puede sacar la cita de manera presencial. La coherencia, sin embargo, nunca fue requisito.
El trámite también figura como una forma refinada de violencia simbólica. No te grita, no te persigue, no te amenaza. Nomás te cansa. Te desgasta a tal punto que terminas agradeciendo cuando algo sale medianamente mal, pero no tan mal como para tener que empezar de nuevo. El umbral de expectativa es tan bajo que cualquier avance parece una concesión.
Así se forma una ciudadanía entrenada no para exigir, sino para aguantar. Para aprender que la solución no está en cuestionar el sistema, sino en encontrar el atajo informal que permita sobrevivirlo. El trámite no genera confianza institucional: desarrolla ingenio defensivo.
El trámite infinito, al final, es una metáfora lúcida del país. Un lugar donde todo está a punto de resolverse, pero nunca del todo. Donde siempre falta algo. Donde el ciudadano no es sujeto de derechos, sino portador de documentos.
El mexicano no pregunta “¿qué tan difícil es?”, sino “¿qué tanto tardan?”. Porque en esta zona del mundo, el tiempo no es dinero: es la moneda con la que se paga pertenecer. Y mientras haya una ventanilla más, una firma pendiente o un sello extraviado, el país seguirá avanzando lentamente… hacia la siguiente ventanilla.
