La fe es una de las fuerzas más profundas al interior del ser humano. No se trata únicamente de una creencia religiosa ni de una idea abstracta; la fe es, ante todo, una certeza interior. Desde su definición más sencilla, la fe es la convicción íntima de que algo es posible aun cuando no existan pruebas visibles en el momento presente.
Es un saber que no depende de los sentidos ni de la mente racional, sino de un nivel más elevado de la conciencia, donde todo es posible. Cuando se habla de fe desde este lugar, se comprende que no es lo mismo que la esperanza.
La esperanza, por su propia naturaleza, implica espera. Quien espera coloca el poder fuera de sí y lo proyecta hacia un futuro incierto: “algún día”, “tal vez”, “ojalá”. En cambio, la fe no posterga. La fe afirma. La fe se instala en el ahora y sostiene, con firmeza silenciosa, que aquello que se desea crear ya Es y ya existe como potencial real en un plano superior.
Desde esta comprensión, se observa que la fe funciona como ancla que permite mantenerse firme incluso cuando las circunstancias externas parecen contradecir lo que se anhela. Usted puede notar que, cuando la fe está presente, no se vive desde la ansiedad ni desde la urgencia; se vive desde una calma profunda que sabe.
La fe no necesita convencer a nadie, porque no surge del ego ni del deseo de controlar, sino de una conexión más honda con la esencia misma de la vida. En el ámbito de lo metafísico, la fe se vincula directamente con la noción del YO SOY.
Esta expresión no es una afirmación de soberbia ni una pretensión de superioridad; es el reconocimiento de una verdad esencial: que la misma sustancia que da origen al universo, a la creación y a toda forma de vida, también habita en cada ser humano.
Desde esta perspectiva, no se está separado del Creador, de Dios o de la energía Divina y suprema; se es una expresión consciente de esa misma fuente. Cuando se comprende el YO SOY desde la fe, la realidad comienza a verse de otra manera. Ya no se trata de pedir desde la carencia, sino de afirmar desde la Unidad.
Usted no decreta desde la falta, sino desde la certeza de pertenecer a la misma inteligencia creadora que sostiene todo lo que existe. La fe, entonces, se convierte en el lenguaje natural de la conciencia elevada y confiada de que lo bueno y bello también existe para nosotros.. En este sentido, la fe mantiene encendida la llama del espíritu. Es esa chispa interior la que impulsa a seguir adelante cuando no hay resultados inmediatos, cuando los procesos parecen lentos o cuando la mente racional cuestiona.
La fe no niega la realidad, pero tampoco se somete a ella como algo definitivo, sino que la trasciende. Desde la fe, se escribe en la conciencia aquello que se desea que sea verdad, no como un acto de fantasía, sino como acción profunda, en la que estamos siendo responsables de lo que creamos.
Lo que se sostiene con fe se graba en los niveles más internos del ser, y desde ahí comienza a ordenarse la experiencia externa. Usted puede observar cómo las decisiones cambian, cómo las acciones se alinean y cómo las oportunidades aparecen cuando la fe sustituye a la duda.
Teniendo fe, tenemos también la certeza de que la vida responde a la conciencia, a nuestro estado de Ser. Al elegir la fe, se elige caminar con la convicción de que lo que se quiere crear, ¡es posible! Porque ya existe en el campo de la conciencia superior. Y desde ahí, paso a paso, esa verdad interior encuentra la forma de manifestarse en el mundo.
Con fe, uno con Dios, todos somos parte del principio divino de generación desde donde dejamos de ser víctimas y participamos en la creación de nuestras vidas.
