Fabiola Alanís volvió a sacudir el tablero interno de Morena tras aparecer como la aspirante con mayor crecimiento en la encuesta de Mendoza Blanco y Asociados rumbo a la elección de 2027. Mientras otros perfiles siguen en la grilla sin despegar, ella es la única que sube al mismo tiempo en conocimiento y opinión positiva, una combinación que en política suele prender focos rojos… pero dentro del propio partido.
El sondeo coloca a la alianza Morena-PT-Verde con una ventaja de casi 30 puntos sobre la oposición, lo que en teoría le allanaría el camino a cualquier candidato guinda. Sin embargo, el dato que realmente pesa es que Alanís alcanza hasta 40% de preferencia efectiva, colocándose como la figura que, según la medición, garantizaría la continuidad del proyecto en el estado.
De acuerdo con los resultados de la encuesta, la alianza entre Morena, PT y Partido Verde supera por un margen de más casi 30 puntos al PAN, PRI y MC. El bloque oficialista registra 45% de intención del voto, en contraste, Acción Nacional tendría 15.5%, PRI 12.3% y Movimiento Ciudadano 9.5%, respectivamente.
Ese crecimiento no pasa desapercibido. En los círculos morenistas ya se comenta que la exfuncionaria se está metiendo de lleno a la conversación principal sin hacer mucho ruido, mientras otros aspirantes con más reflectores no logran levantar. Y en Morena, cuando alguien empieza a crecer antes de tiempo, la historia suele repetirse: primero vienen las sonrisas, luego las zancadillas.
Diego Rivera, alcalde morenista de Tequila, terminó cayendo por extorsión y delincuencia organizada. Lo más llamativo no fue la detención en sí, sino que, según versiones internas, fueron sus propios funcionarios quienes lo entregaron. El edil ya se había convertido en un problema político para Morena, más por el ruido que generaba que por una reacción real contra la corrupción. El caso vuelve a poner sobre la mesa una realidad incómoda: hay decenas, quizá cientos, de perfiles similares gobernando municipios, señalados por abusos, cobros indebidos o manejos turbios.
Muchos son conocidos en sus regiones, pero mientras no escalen a escándalo nacional, siguen operando sin mayor consecuencia. La caída de Rivera no parece ser una limpieza de fondo, sino un ajuste de daños. Porque mientras uno cae, otros tantos continúan en sus cargos, administrando presupuestos públicos como si fueran botín personal, y con la tranquilidad de que, aunque existan denuncias o pruebas, rara vez pasa algo. Así, la impunidad sigue siendo la regla y no la excepción.
