Febrero suele ser un mes discreto. El más corto del calendario. El que parece martes y el que no aspira a nada épico. Sin embargo, este año llega con vocación tiránica. Hay gente que siente que ya está en julio, pero el calendario insiste que apenas vamos empezando.
El dinero ya no alcanza, pero tampoco el entusiasmo. Esa es la verdadera inflación que no aparece en los reportes del banco central: la emocional. Todo cuesta más. El súper exige un suspiro antes de entrar, el descanso se convirtió en trámite burocrático y la paciencia, ese ahorro invisible, se despilfarra con la primera notificación del día.
Antes, el aumento de precios se medía en los productos. Hoy se mide en gestos. Sonríes menos por la misma razón por la que compras menos: no alcanza. Las conversaciones llegan infladas de cansancio, los silencios duran más y cualquier contratiempo, un correo mal redactado, una fila innecesaria, una junta que pudo ser mensaje, se vive como una crisis macroeconómica.
No sé si progreso, pero enero prometía orden. Nuevas agendas, propósitos recargados, una ilusión colectiva de control. Febrero aparece como el estado de cuenta que arruina el optimismo: en la cara se estrellan los cargos acumulados del año pasado, con intereses emocionales y recargos. El desgaste no empezó ayer. Viene de meses de estirar la liga, de normalizar la prisa, de confundir resistencia con fortaleza.
La inflación emocional no repara en ingresos. Afecta tanto al que revisa precios como al que checa pendientes. El estrés se encareció para todos. Dormir bien es un lujo, detener el diálogo interior es un privilegio y tomarse un día sin culpa luce como un acto rebelde. La mente hace recortes a su erario: elimina la calma, reduce la curiosidad y pospone la alegría para cuando haya tiempo.
Y así seguimos funcionando. Como economías frágiles, pero operativas. Estirando la liga y descubriendo nuevos límites. Pagamos lo indispensable, reaccionamos a lo urgente y dejamos para después lo importante.
El humor colectivo se vuelve una estrategia de supervivencia: nos reímos de lo caro que está todo porque resulta que llorar ya salió más caro.
Por eso febrero se siente como julio. No por el clima, sino por el agotamiento anticipado. Porque arrastramos un cansancio que no cabe en la agenda. Porque la vida cotidiana se volvió un sistema de pagos diferidos donde siempre debemos energía.
Puede ser que la única forma de combatir esta inflación no sea produciendo más ánimo, sino gastar mejor el que queda. Ahorrar discusiones inútiles, invertir en pausas, diversificar el descanso. No resolverlo todo, pero al menos no encarecerlo más.
Mientras se logra ese hack, conviene revisar el ánimo como se revisa la cartera: con honestidad y sin expectativas. Porque si algo nos enseñó este inicio de año es que no basta con que el dinero alcance. También hace falta que alcance el humor. Y eso, en estos momentos, parece el bien más escaso.
