Desde que llegaron a México los automóviles híbridos fueron presentados como una solución intermedia y realista frente al desafío ambiental del transporte. Menos emisiones, menor consumo de combustible y una transición ordenada hacia la electrificación. Sin embargo, la reciente medida anunciada por parte del gobierno de la CDMX de someter también a los vehículos híbridos al proceso de verificación vehicular abre un debate que va mucho más allá del trámite administrativo.
En principio, la idea suena lógica: si un auto tiene motor de combustión, debe ser medido. El problema aparece cuando se pretende aplicar una misma regla a tecnologías que no son iguales. No es lo mismo un vehículo 100% a gasolina que un híbrido autorrecargable (HEV) o un híbrido enchufable (PHEV) que puede circular decenas de kilómetros en modo totalmente eléctrico. Tratar a todos bajo el mismo esquema puede terminar castigando a quienes, precisamente, apostaron por una alternativa sustentable.
El riesgo es claro: enviar un mensaje equivocado al consumidor. Hoy, miles de automovilistas eligieron un híbrido por incentivos claros (exención de verificación, beneficios fiscales, libre circulación) que justificaban el mayor costo inicial del vehículo. Al cambiar las reglas a mitad del camino no solo genera desconfianza, también frena la adopción de tecnologías que el propio Estado dice querer impulsar.
Además, la discusión ocurre en un contexto incómodo: México sigue teniendo una infraestructura limitada para vehículos eléctricos y una política pública poco clara en materia de movilidad sustentable. Mientras otros países afinan incentivos y normas diferenciadas según nivel real de emisiones, aquí seguimos debatiendo si un híbrido “contamina lo mismo” que un auto tradicional. La respuesta técnica es simple: no.
Esto no significa que los híbridos deban quedar fuera de toda regulación. Al contrario. La verificación puede ser una herramienta útil si se diseña con criterios técnicos, mediciones acordes a cada tecnología y objetivos ambientales reales. Lo deseable sería un esquema diferenciado que evalúe emisiones efectivas, uso del motor eléctrico y eficiencia, no un simple “sí pasa o no pasa”.
Lo cierto es que la lucha contra la contaminación no se gana con medidas recaudatorias ni con decisiones políticamente correctas, pero técnicamente pobres. Se gana con políticas coherentes, previsibles y basadas en evidencia. Si el objetivo es reducir emisiones, los híbridos son parte de la solución, no del problema. La pregunta es si esta medida busca mejorar la calidad del aire o solo ampliar el padrón de verificación. Y esa diferencia, aunque parezca sutil, define el rumbo de la movilidad en México para los próximos años.
¡Adiós!
