A las diez de la mañana, la voz de María del Mar Terrón, la sirena involuntaria que compra colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras o algo de fierro viejo que vendamos, se cuela por las ventanas de varias colonias de la ciudad.
Es el grito de guerra que puede verse como cicatriz sonora que define a la Ciudad de México. Pero el estruendo que nos está dejando sordos, no viene de esa camioneta con perifoneo que apenas anda. Viene de la palma de la mano.
Estamos en la era de la notificación permanente. Una en la que el silencio dejó de ser derecho y se convirtió en artículo de lujo. Antes, el rico se distinguía por el tamaño de su casa. Hoy se caracteriza por la capacidad de desconectarse.
Mientras lees esto, las plataformas libran auténticas batallas por segundos de permanencia. Nosotros somos las bajas en esa guerra: noticias que no terminamos de leer, series que avanzan solas, conversaciones que se interrumpen por una alerta. Todo sucede al mismo tiempo y, en realidad, nada termina de suceder.
La foto es cruel. Compramos audífonos con cancelación de ruido de cientos de dólares para aislarnos del organillero de la esquina. Pero lo hacemos solo para encerrarnos con una amenaza mucho peor: el feed. Nos tapamos los oídos para abrir los ojos frente a una catarata de opiniones no solicitadas.
En la ciudad el ruido siempre fue una forma de supervivencia. El pregonero anunciaba su mercancía porque el silencio conducía a la invisibilidad. Hoy, cada quien es su propio pregonero. Vendemos opiniones, indignaciones, adhesiones. Subastamos pedazos de intimidad para no quedar fuera del círculo. El resultado es un tinnitus que ya no distingue entre lo relevante y lo trivial.
De ahí que el ruido ya no se mida en decibeles, sino en datos. Byung-Chul Han, el filósofo convertido en profeta del cansancio, pensaría que fallamos en el diagnóstico. No estamos cansados por exceso de trabajo físico. Estamos drenados por filtrar la realidad.
Cada vez que ignoramos un anuncio, cada vez que decidimos no caer en una polémica en Twitter-X, cada vez que pretendemos no añorar la vida ajena de alguien en Instagram, despilfarramos dosis de energía cognitiva. Al final del día, quedamos en números rojos. Somos víctimas de un agotamiento que no se cura durmiendo, sino apagando.
Queda claro que el silencio es el nuevo animal en peligro de extinción. Y como buen objeto en escasez, se convirtió en un acto radical. Quedarse callado en una reunión es sospechoso. No tener opinión sobre el escándalo de la semana parece ignorancia activa o, mejor aún, traición cívica.
Confundimos comunicación con conexión y ruido con compañía. Entre más caro es el menú de degustación y más ‘brutalista’ es el diseño del restaurante (visto en un reel), mejor rebota el ruido en las apelmazadas mesas. El silencio de fondo, el que permite escuchar el crujido del pan, quedó relegado a los salones privados de la vieja guardia. El resto pagamos por comer en cajas de resonancia.
Lo mejor (¿o peor?) es que nadie cobra por el silencio interior. Ese se gana contra la propia ansiedad. Porque, seamos sinceros, el problema del silencio es que, cuando por fin logras callar al mundo, lo único que se escucha es a uno mismo. Y en tiempos de ruido perpetuo, toparse con el propio eco puede convertirse en la experiencia más aterradora.
En una de esas, por eso preferimos el grito del fierro viejo que vendaaaa. Por lo menos esa voz, ronca, aleccionadora y grabada en un cassette infinito, no pide un like. Solo quiere saber si tenemos algo roto que ya no sirva para nada. Como nuestra capacidad de atención.
