Opinión

Lo que mostramos más que lo que decimos

Vivimos en una época en la que conviven discursos elaborados, imágenes pulcras y promesas cuidadas. Muchos seudo‑líderes, oportunistas o cínicos encuentran éxito al engañar con palabras. Pero existe una ciencia, experiencia y observación que nos dan las herramientas para ponerlos en evidencia, porque lo que mostramos comunica más que cualquier palabra.

El psicólogo Paul Ekman demostró que las microexpresiones revelan emociones ocultas; una sonrisa fingida no engaña cuando los ojos lucen fríos.

El neurocientífico Joseph LeDoux explicó que la amígdala actúa antes que la razón, generando respuestas visibles antes de que intentemos enmascararlas.

El académico Paul Watts añade que el ejemplo enseña más que el discurso; decir respeto pero actuar con prepotencia quiebra la confianza.


El psicólogo Albert Mehrabian nos recordó que solo el 7% del mensaje en actitudes se transmite con palabras: el resto —el 93%— se expresa con tono, postura y cuerpo.

El antropólogo Edward T. Hall mostró que el uso del espacio habla silenciosamente: la distancia o cercanía entre las personas transmite poder, empatía o rechazo.

Y hoy, el experto Mark Bowden profundiza estas ideas: nuestra señal corporal define nuestra credibilidad y presencia; nuestros cerebros analizan instintivamente estas señales en cada encuentro.

¿Cómo desenmascarar entonces? Observando la coherencia. No basta con escuchar lo que se dice: hay que ver cómo se dice, cómo se actúa, cómo se vive lo cotidiano. Las personas auténticas mantienen armonía entre palabra, gesto y acción; quienes engañan no pueden sostenerla por mucho tiempo.

Esto aplica a todos los ámbitos:

• En el aula, el docente que predica la escucha activa pero no lo demuestra queda expuesto.

• En lo laboral, el líder que habla de colaboración pero evita mirar o escuchar muestra su desconexión.

• En lo personal, el que exige amistad pero nunca acompaña o aparece, revela su verdadera intención.

El gran desafío es forjar una mirada consciente que sepa leer esas señales y exigir coherencia, empezando por nosotros mismos. No se trata solo de descubrir al otro, sino de ser también coherentes con lo que proyectamos como personas y comunidad.

Al final, la comunicación más poderosa no se pronuncia: se vive. Los verdaderos líderes, maestros, colegas, amigos y familiares no necesitan discursos ensayados. Su autenticidad vive en su mirada, postura y acciones.

“Hacer el bien, haciéndolo bien” Sonríe Sinceramente y mira a los Ojos! para que lo que decimos, mostramos y hacemos sea siempre reflejo de nuestra verdad.

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