La vida humana surge a partir de un proceso cultural que requiere una transformación de lo natural: la naturaleza encuentra un límite en el lenguaje y en los usos y costumbres de una sociedad.
El proceso de humanización implica una pérdida de la totalidad biológica para dar paso al aprendizaje. De tal forma que, retornar a la unidad biológica regulada por la lógica orgánica instintiva, antes del “traumatismo” del lenguaje, es imposible.
Los seres humanos están condenados a estar divididos por el lenguaje. En ese sentido, cualquier intento de identificación total con un animal es algo imposible. Cuando se trata de un anhelo advertido, entonces es algo parecido a un juego de roles del estilo “hagamos como si fuéramos, pero sabemos que no somos”, cuando, por otro lado, realmente la persona está convencida de ser un animal salvaje o tener alguna característica animal, entonces se trata de un delirio, manifestación de un tipo de psicosis. Como podemos ver hay un abismo de diferencia entre una y otra cosa.
Concebir al ser humano como al resto de los animales parte de dos grandes vertientes o tradiciones: un bestiario literario, como en las fábulas, los relatos totémicos o míticos, donde los animales adquieren formas humanas y viceversa, así como la concepción de un cierto sector de la población, que gusta pensar la escuela y el lugar de trabajo como si se tratara de una sociedad o grupo de animales. No hace mucho algunas empresas buscaban entender el funcionamiento de un proceso laboral tomando como referencia una colmena o la marcha del pingüino emperador. ¡Los seres humanos hace mucho que dejamos esa dimensión sin división del lenguaje que tienen los animales! Por lo que siempre será limitado pensar a un ser humano a partir de un correlato animal.
Lo que aterra es saber que la vida humana se sostiene en el riesgo permanente de una decisión, con libertad y sin garantías absolutas. Esto angustia y coloca en crisis a muchas personas, quienes quisieran que las vidas humanas fueran idénticas a las de los animales: programadas, medibles y predecibles. La vida humana implica siempre un riesgo y una apuesta, el juego del deseo.
Por otro lado, la identificación con los animales a menudo posee más bien una búsqueda por reintroducir algún tipo de orden más simple, amable o tierno en la interacción humana. Dentro de toda la vorágine del bombardeo de cosas por hacer y deber ser, la identificación con algún rasgo animal implicaría la búsqueda de una especie de liberación y amplificación del horizonte social humano. La pregunta obvia que se impone es ¿será que algunas personas prefieren identificarse con algún rasgo animal porque no encuentran modelos a la altura de poder darles algún sentido de vida?
