El Mundial de futbol siempre llega con la misma promesa: fiesta, empleo, reflectores y un balón que nos reconcilia con la realidad en llamas. Pero detrás del espectáculo hay otros números que no aparecen en el marcador. Es el de las rentas, los desalojos y las mudanzas forzadas.
En la Ciudad de México y Guadalajara, los colectivos de vivienda están documentando aumentos de renta que alcanzan hasta 155% en zonas cercanas a estadios y corredores turísticos. La cifra puede sonar abstracta, pero en la práctica es la diferencia entre quedarse o irse. Entre seguir viviendo en la colonia donde uno ha hecho su vida o tener que mudarse a la periferia, donde ahí el número vuelve a hacer sentido.
Ahora, visto desde el otro lado, la lógica es más bien irresistible. Si durante un mes, un depa puede rentarse en dólares a turistas de plataformas digitales, ¿hace sentido conservar al inquilino que paga en pesos todo el año? La ciudad se convierte en inventario. El vecino se vuelve obstáculo. El barrio, un activo financiero.
Las rentas en la Ciudad de México se inflaron y la razón que no termina de convencer y queda en el aire: “es que es por el Mundial”. ¿El Mundial se jugará en ese departamento? ¿Al terminar el Mundial los precios regresaran a su estado razonable? ¿Todo esto debido a solo 5 partidos que se jugarán en el Azteca?
Y mejor ni comentar de la improvisada ciclovía que tiene a Calzada de Tlalpan ahorcada por haberle restado un carril cuando lo que necesitaba eran dos más.
El discurso es que la derrama económica beneficiará a todos. Que el turismo dejará ganancias en restaurantes, tiendas y transporte. Pero esa derrama no siempre cae donde se anuncia. En experiencias previas, los trabajadores informales y pequeños comerciantes cercanos al Estadio Azteca han enfrentado restricciones, reordenamientos y pérdidas que no se compensan con discursos. El Mundial trae contratos temporales y utilidades granulares. La constante es el encarecimiento del suelo.
Al fenómeno lo llaman “desplazamiento por evento”. No es metáfora. Es la forma moderna de decir que una familia debe abandonar el lugar donde celebró bautizos y velorios porque el calendario deportivo elevó el precio del metro cuadrado.
La foto amarga la fiesta. Vendemos al mundo el color de los mercados, el ingenio callejero, la comida que se improvisa en cada esquina. Presumimos nuestra calidez característica: ese adhesivo humano que no se siente en otra región (al menos, no con ese sabor). Pero al mismo tiempo borramos a quienes sostienen esa cultura con su presencia cotidiana. Convertimos barrios vivos en escenografías temporales para turistas que al terminar la final, se irán al siguiente happening.
El Mundial no es, por diseño, un beneficio colectivo, pero tiene el potencial de ser una red de valor: del residente a la plataforma, del comercio de barrio a la cadena global, del inquilino al inversionista.
El balón rodará. Las cámaras mostrarán murales, volcanes y mariachis. Conviene mirar también fuera del encuadre. Ahí hay otra otra tabla de posiciones.
