La ansiedad climática ya es un diagnóstico frecuente en los consultorios de salud mental. Jóvenes y adultos sienten impotencia, culpa o negación ante la crisis ecológica. Pero ¿y si la forma en que pensamos el problema es parte del problema… y también de la solución?
Byung-Chul Han señala que la positividad excesiva de nuestra sociedad nos ciega: “todo es posible”, “tú puedes cambiar el mundo”. Esa misma lógica nos lleva al burnout individual y al agotamiento planetario. Creemos que consumir más o reciclar mejor nos salvará, pero seguimos dentro del paradigma de explotación.
Somos lo que pensamos. Si pensamos “es demasiado grande, no puedo hacer nada”, nos paralizamos. Si pensamos “yo solo no cambio nada, pero debo ser perfecto”, nos agotamos en culpa ecológica. Ambas formas nos desconectan del otro y del planeta.
Desde el enfoque holointegrativo de C7 Salud Mental entendemos que la mente humana no está separada del sistema mayor que la contiene. Lo que pensamos impacta directamente nuestras acciones, y nuestras acciones colectivas determinan el futuro del hogar común.
La terapia sistémica nos enseña que el cambio real ocurre en las relaciones. Una persona que cuida su mente —reduciendo la autoexigencia, practicando presencia— tiene más energía para actuar con compasión hacia los demás y hacia la Tierra. Acciones pequeñas pero relacionales —pasear en naturaleza con un ser querido, compartir una comida local, reducir consumo como acto de cuidado mutuo— generan ondas de bienestar.
Proponemos un “mindfulness ecológico”: observar cómo mis pensamientos de prisa y consumo afectan mi ansiedad y mis vínculos; practicar gratitud por lo que ya tengo; mentalizar el impacto de mis elecciones en las generaciones futuras y en comunidades vulnerables.
Porque no hay salud mental individual en un planeta enfermo, ni planeta sano con mentes agotadas. Como el cuarto rey mago, que dio todo lo que llevaba para ayudar a los que encontró en el camino, podemos elegir detenernos y ofrecer lo que tenemos: tiempo, atención, consumo consciente.
Este febrero, cuando el año aún se siente fresco, es momento ideal para sembrar pensamientos ecológicos. No se trata de salvar el mundo solos, sino de relacionarnos de otra forma con él: con humildad, con lentitud, con comunidad.
Cuando cambiamos lo que pensamos —de “no alcanza” a “lo que haga en relación con otros suma”—, cambiamos lo que impactamos.
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