El crimen, la transgresión de una norma, la lucha eterna entre los héroes y villanos, como el amor y el odio, sólo existen en el contexto de lo humano: qué se ama cuando se ama, qué se odia cuando se odia, qué se transgrede cuando se transgrede, etc., son preguntas fundamentales que colocan en el centro de la cuestión: qué implica y cómo se teje la vida humana, de lo singular a lo colectivo. En ese sentido, todo acto criminal es algo profundamente humano, un acto que porta un sentido específico en un contexto familiar, social, político.
Por su puesto toda actividad criminal va más allá de la simple e ingenua lucha entre buenos y malos. Sobre todo, porque la valoración (jurídica, moral, social…) de un acto depende de elementos estéticos y geográficos, quién lo hizo y dónde. Por otro lado, históricamente, quien ejerce violencia sobre grupos sociales más amplios siempre declara nobles propósitos con los cuales intenta transformar su acto criminal y transgresor en algo bueno y puro, justificando así su proceder. Por ello, para mucha gente los criminales poseen un cierto brillo antihéroe con el cual se identifican los sometidos por la vida, vidas atormentadas por la tragedia, que luchan contra las fuerzas del orden buscando salirse con la suya.
Las sustancias, legales e ilegales, han existido y, seguramente existirán por siempre. Es por demás sabido que lo oculto, irregular e ilegal del mercado, genera más oferta y demanda y dispara los precios, hace que el narcotráfico sea más lucrativo. Por ello, la atención del crimen organizado no debe basarse únicamente en el acto criminal transgresor en sí: la producción y comercialización de la droga, sino en los grandes capitales que se benefician, el narcotráfico funciona como un gran banco mundial al que se le puede invertir y del cual retorna un buen rendimiento, así como también su medio de control social de masas y uso político.
La lucha contra las drogas de esos nobles y moralistas políticos de manos limpias que desean proteger a la gente de las garras de las sustancias y del crimen son los mismos que necesitan que ese mercado se perpetúe para poder emplearlo como plataforma política y económica, lugar común para buscar “liberar” a los ciudadanos de mal; recuerden que el mismo que permite los baches en calles y avenidas es el mismo que licita materiales baratos a sobre preciosos para tener siempre un agujero que arreglar y, además, prometer eso en las próximas elecciones.
*El autor es psicoanalista, traductor y profesor universitario. Instagram: @camilo_e_ramirez
