En los entornos la seguridad no se mide solo por la ausencia de delitos, sino por la confianza que las personas sienten al caminar por sus calles, entrar a un parque, subir al transporte público o abrir un negocio. La seguridad es, al mismo tiempo, una condición indispensable y un motor del desarrollo económico y social. Para lograrla, debemos pensar más allá de patrullas y cámaras: se trata de construir confianza con legitimidad, eficacia y eficiencia, las 24 horas del día, los 365 días del año.
Espacios que generan confianza
Cuando presidí el Consejo Ciudadano entendimos que el entorno comunica tanto como la autoridad. Una calle bien iluminada, limpia, con comercios activos y vecinos que participan, genera más tranquilidad que cualquier operativo. La “prevención situacional” se traduce en hechos simples: r eparar luminarias, habilitar mercados nocturnos, mantener parques activos y reabrir canchas deportivas. Son acciones que cambian la percepción, atraen inversión y fortalecen el tejido social. Donde la gente se apropia de los espacios públicos disminuyen la violencia y la impunidad.
Focalizar, no generalizar
Los recursos deben dirigirse a donde más impacto generan. Lo comprobamos en corredores donde concentramos apoyos vecinales, tecnología y presencia ciudadana: los puntos de mayor conflicto fueron también los que más rápido mostraron mejoras. No se trata de medidas espectaculares, sino de precisión: atender las esquinas más riesgosas, trabajar con familias vulnerables y apoyar a los jóvenes expuestos. Cada entorno merece soluciones a la medida.
Autoridad cercana, ciudadanía activa
La confianza se gana en el trato diario. Una autoridad que escucha, explica y respeta multiplica la cooperación. Siempre insistí en que la seguridad se construye con la gente, no para la gente. De ahí surgieron programas de apoyo jurídico y emocional a víctimas, campañas de prevención y brigadas ciudadanas que pasaron de la protesta a la propuesta, y a la acción cuando fue necesario. Esa interacción resolvió problemas inmediatos y sembró corresponsabilidad, base de la convivencia.
Invertir en las personas más que en el miedo
La mejor estrategia es la que ofrece opciones reales: empleo para jóvenes, capacitación para quienes salen de prisión, atención a las adicciones y acompañamiento para quienes buscan rehacer su vida. En el Consejo logramos que miles encontraran alternativas antes de caer en un ciclo de violencia.
Esa es la seguridad que perdura, la que se mide en oportunidades creadas, no solo en delitos evitados. Cada vez que un joven elige un camino productivo, toda la comunidad gana.
El equilibrio con lo económico
El turismo, el comercio y la vida cultural florecen cuando hay confianza. A los hoteleros, restauranteros y pequeños empresarios siempre les dije que la seguridad no es un gasto: es la inversión más rentable. Si el entorno se percibe seguro, llegan visitantes, se abren negocios y se generan empleos. Y si los beneficios se comparten con la comunidad, se evita el desplazamiento de quienes siempre han habitado el barrio. Un entorno seguro es un entorno próspero, porque la seguridad impulsa el desarrollo.
Tecnología con reglas claras
Soy un convencido de la innovación, pero también de la ética. Cámaras, sensores o aplicaciones de denuncia son útiles solo si se manejan con transparencia, límites claros y respeto a la privacidad. De lo contrario, generan miedo y rechazo. La tecnología debe estar al servicio de la gente, no al revés. Aprendimos que es posible aprovechar herramientas modernas para prevenir delitos o dar seguimiento a emergencias, siempre que se acompañen de supervisión independiente y participación social.
Medir para mejorar
Lo que no se mide, no se mejora. En cada programa impulsamos indicadores no solo de reducción del delito, sino también de confianza ciudadana, vitalidad económica y cohesión social. Porque de nada sirve bajar una estadística si al mismo tiempo sube la desconfianza. Cuando la comunidad ve resultados claros y públicos, la cooperación se multiplica. La seguridad no puede ser un discurso, debe ser una realidad comprobable.
La seguridad en los entornos es posible cuando entendemos que es un triángulo de equilibrio: autoridad legítima, ciudadanía activa y entorno favorable. Si cuidamos estos tres lados, el resultado será un espacio más seguro, más justo y más próspero. El reto es alcanzable si mantenemos la voluntad, la capacidad, el compromiso y la visión para hacerlo realidad.
Y como siempre lo digo: “Hacer el Bien y Hacerlo Bien!
