En un teclado de celular, invocar la raya —el guion largo y elegante— demanda una mezcla de terquedad y atrevimiento. Hay que saltar a los caracteres especiales, dejar el dedo hundido sobre el guion corto y rogar para que se despliegue un menú oculto. Se trata de un desgaste físico sobrado para un simple capricho ortográfico. Y pensar que durante siglos, ese trazo largo y horizontal sirvió para amparar el acto más profundamente humano de todos: opinar en voz alta.
Antes de que las pantallas dictaran el paso, el guion largo era un permiso tipográfico para la digresión. En los viejos talleres de imprenta, representaba un bloque de plomo pesado, fabricado a la medida de la letra eme. De ahí que en inglés se le refiera como “em dash”.
Laurence Sterne lo usó como método para darle un giro a la novela tradicional y James Joyce obligó a sus editores a incorporarlo en todos los diálogos porque odiaba las comillas, a las que señalaba de “comas pervertidas”.
La raya no era un adorno. Abría una pared dimensional en medio de la oración para colocar un chisme de último minuto o una observación que solo cabía ahí, en medio de dos grandes rayas. Era la cicatriz de un narrador falible, una especie de prueba de una mente inquieta que sabe arrepentirse durante el texto y que corrige sobre la marcha.
Pero de pronto, la máquina nos quitó la horizontalidad.
Cuando los ingenieros de California dieron de comer a sus algoritmos bibliotecas y documentos, el código detectó un patrón. La IA carece de alvéolos y de heridas de la infancia, pero calcula a una velocidad que ataranta. Se dio cuenta que los textos calificados por los humanos como “cálidos” o “cercanos” mostraban esta raya ortográfica. Fácil: para simular que tenía alma, el robot incorporó el guion largo a su biblioteca de recursos.
Hoy, la bandeja de entrada es un carnaval de guiones largos. El correo del banco que avisa de un aumento en las comisiones llega exhibiendo guiones largos en cada párrafo. El bot de atención a clientes que te niega un reembolso —con tono irónicamente literario— hace lo mismo. La raya se degradó hasta convertirse en un tic nervioso artificial: el equivalente en lenguaje artificial, a la sonrisa falsa de un político en campaña.
La reacción de la especie humana resultó una rayita extra en este teatro del absurdo. Asustados por la sospecha, hicimos una limpia en nuestros propios textos. El estudiante borra el guion largo de su tarea y el oficinista lo desaparece de su reporte por terror a que el jefe los acuse de usar inteligencia artificial. Renunciamos al derecho a la digresión y volvimos al terreno seguro de las comas, al estorbo de los paréntesis y al paso grisáceo del punto y seguido.
Consumamos así el intercambio de papeles más absurdo de la sintaxis. Las máquinas aprendieron a fingir vulnerabilidad, a simular que se tropiezan con sus propias ideas usando guiones largos como si fueran cigarros de poeta bohemio. Mientras tanto, los humanos nos obligamos a teclear con la frialdad de un instructivo de refrigerador para pasar el detector de metales en el aeropuerto del escrutinio público. Nosotros redactamos como autómatas y los servidores de California divagan como novelistas franceses.
Dado este travestismo digital, cabe preguntarse qué otra trinchera estamos a punto de perder. Si hoy nos expropiaron la duda y el derecho a interrumpirnos, ¿qué sigue en la lista de saqueos? ¿Mañana la IA patentará el sarcasmo? ¿Pasado mañana nos veremos obligados a cometer faltas de ortografía a propósito para que el prójimo nos conceda el beneficio de la humanidad?
Queda por ver cuántos episodios de esta comedia nos faltan antes de aceptar que, en el intento por no parecer robots, los que terminamos programados fuimos nosotros.
