Opinión

Un Buda con cables

Para leer con: “Jaya Bagavan”, de Krishna Das

Un Buda con cables
Un Buda con cables (Gemini)

En un templo de Kioto apareció un nuevo monje. No ayuna, no envejece y tampoco atraviesa crisis de fe. Se enciende.

Se llama Buddharoid y fue presentado por investigadores de la Universidad de Kioto en el templo Shoren-in. Es un robot humanoide vestido con una túnica gris que puede caminar despacio, inclinarse con solemnidad y juntar las manos para hacer el gesto tradicional que vincula la sabiduría con la compasión. Pero su talento principal no es la mímica de un practicante sino la conversación. Responde preguntas sobre la vida, el sufrimiento o la ansiedad citando escrituras budistas acumuladas durante siglos.

Bajo esa túnica no hay ascetismo sino ingeniería. Su impermanente existencia proviene de la empresa Unitree y su mente calma, clara y libre de aferramiento opera gracias a BuddhaBot-plus, un sistema de inteligencia artificial entrenado con textos sagrados que genera respuestas inspiradas en los sutras, los textos canónicos del budismo.

El resultado es un tibio monje alámbrico, con memoria infinita y serenidad garantizada por un botón que lo prende y apaga.


Viniendo de Japón, la idea no es tan extravagante. El país envejece a velocidad Shinkansen y hay cada vez menos monjes para operar los templos. Se calcula que cerca del 30% podría desaparecer hacia 2040 por falta de sucesores. Pero, de escasear los sacerdotes, la tecnología siempre tendrá una solución: fabricarlos.

La propuesta tiene algo de ciencia ficción pop. Un visitante llega al templo con angustia crónica, cansancio vital y veintidós notificaciones sin leer. Frente a él, el monje mecánico inclina la cabeza y se dirige al pobre ser con una calma inalterable:

—Observa pasar tus pensamientos y fija la atención en el respirar.

La recomendación es de cajón en el budismo. Pero también tiene una ventaja técnica: el robot nunca respira.

Durante una demostración pública, Buddharoid recomendó a un periodista que sufría ansiedad que se tranquilizara y observara sus imágenes mentales sin aferrarse a ellas. No se sabe si el periodista durmió más tranquilo esa noche, pero el robot no sudó.

Hay algo que no puede pasar desapercibido en todo esto. Durante siglos, los maestros espirituales repiten que el ego es ilusorio. Ahora esa enseñanza puede venir de una máquina que, efectivamente, no tiene ego y puede servir de ejemplo. Solo que tampoco le tocó una infancia complicada, no tiene el orgullo herido ni la tentación de revisar el celular en plena meditación.

Buddharoid puede recitar textos sagrados con precisión milimétrica. Puede analizar miles de enseñanzas en segundos. Puede ofrecer respuestas balanceadas sobre el sufrimiento humano. Lo único que no puede hacer es sufrir. Y este detalle no es poca cosa.

Las religiones nacieron de experiencias profundamente humanas: la enfermedad, la pérdida, el miedo a la muerte. El Buda alcanzó la iluminación después de enfrentarse al dolor y al sufrimiento mundanos. Un robot, en cambio, puede estudiar el dolor de la misma forma en la que alguien consulta un manual de refrigerador.

Aunque, viendo las noticias, parece que no necesariamente todos los humanos entienden el dolor ajeno.

La presencia de un monje robótico tampoco rompe del todo la tradición. En 2019, otro templo de Kioto presentó a Mindar, un androide que recita el Sutra del Corazón frente a hordas de curiosos que graban cada detalle. Japón lleva tiempo ensayando esta extraña mezcla de templo y laboratorio; show y eficiencia práctica.

La espiritualidad siempre tuvo algo de teatral: túnicas, cantos, rituales, campanas, incienso. El robot no necesariamente rompe con esa lógica. Si acaso, la actualiza. Durante siglos, las religiones han hablado con entidades invisibles. Conversar con una máquina que responde podría parecer, incluso, un avance místico.

Imagina el futuro cercano. Una persona entra al templo con dudas sobre el amor, el trabajo y el sentido de la vida. El monje robótico escucha con paciencia monolítica, junta las manos, hace una reverencia y ofrece un consejo quintaescencial.

El visitante se tranquiliza. Sale del templo. El robot permanece inmóvil. En algún servidor del planeta queda registrado el evento: ansiedad humana resuelta: 01.

Durante siglos buscamos la iluminación en montañas, monasterios y centros de retiro. Ahora podría estar en un laboratorio. Puede ser que Buddharoid no alcance nunca el Nirvana, pero ya consiguió algo relevante: obligarnos a mirar nuestra propia broma. Y es que creamos máquinas cada vez más inteligentes para entender mejor la mente humana y al final nos damos cuenta que la mente humana sigue siendo el sistema más impredecible que conocemos.

Las máquinas pueden aprender miles de textos sagrados. Nosotros todavía estamos tratando de aprender una sola cosa: cómo estar en paz con nosotros mismos, durante cinco minutos seguidos.

* Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quien las escribe y firma, y no representan el punto de vista de Publimetro.

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