A tres meses de la Copa Mundial de la FIFA 2026, México vuelve a exhibir una de esas batallas que parecen nuevas, pero en realidad son viejas como el propio sistema: la pelea entre los taxis concesionados del aeropuerto y las plataformas digitales como Uber o Didi.
La escena se repite. Bloqueos en los accesos del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, pasajeros caminando con maletas para no perder sus vuelos, patrullas transportando viajeros en las bateas y un sector que se declara víctima de competencia desleal.
Los taxistas del aeropuerto dicen algo que, en principio, es cierto: ellos pagan derechos para operar dentro de la terminal. Ese argumento incluso fue reconocido públicamente por la presidenta Claudia Sheinbaum. Si alguien paga una concesión, sostiene el razonamiento, no debería competir en igualdad de condiciones con quien no lo hace.
Hasta ahí la lógica parece sólida.
El problema es que la realidad del negocio es mucho más compleja —y mucho menos romántica— de lo que se cuenta en los comunicados.
Porque mientras los concesionarios hablan de “patrimonio familiar” y de “defensa del trabajo”, muchos de los choferes que manejan esas unidades viven bajo un esquema laboral que poco tiene que ver con la dignidad que se invoca en los discursos.
En la práctica, muchas de las empresas que poseen la concesión del taxi en el aeropuerto no operan directamente los vehículos. Los rentan a choferes.
Y ahí empieza el otro lado de la historia.
Los conductores deben pagar renta del vehículo todos los días, trabajen o no. Si el chofer se enferma, la renta corre igual. Si no hay viajes, la renta sigue. Si el aeropuerto está saturado o las filas son interminables, el reloj de la renta no se detiene.
A eso se suma que muchos no cuentan con seguridad social, deben entregar un porcentaje de los viajes que realizan y además pagar el combustible de su bolsillo.
Es decir: el riesgo del negocio se traslada casi por completo al conductor.
Curiosamente, ese esquema recuerda bastante al modelo de las propias plataformas digitales que tanto critican.
Porque en el fondo, la guerra entre taxis de aeropuerto y apps no es una batalla entre dos sistemas tan distintos. Es más bien una pelea entre dos modelos que funcionan de forma sorprendentemente parecida, aunque uno opere con concesión oficial y el otro con aplicación móvil.
Los primeros pagan licencia por operar dentro del aeropuerto. Los segundos operan con tecnología y flexibilidad. Pero ambos descansan sobre una estructura donde el conductor asume gran parte del riesgo económico.
Mientras tanto, el pasajero observa todo esto con una mezcla de incredulidad y resignación. Y también con una queja recurrente: las tarifas.
Durante años los usuarios han criticado los precios de los taxis del aeropuerto, que en muchos casos superan ampliamente los de las plataformas.
La comparación internacional tampoco ayuda demasiado. En ciudades como Madrid, por ejemplo, el trayecto entre el aeropuerto y el centro tiene una tarifa fija de 33 euros, tanto de ida como de vuelta. Las aplicaciones también operan, pero desde puntos específicos del estacionamiento. Y lo curioso es que, en muchas ocasiones, el precio termina siendo prácticamente el mismo.
Es decir: competencia regulada, reglas claras y tarifas previsibles.
Algo que en México todavía parece una discusión interminable.
El conflicto que hoy vemos en el aeropuerto capitalino no es sólo un pleito gremial. Es también un síntoma de un problema más amplio: la incapacidad histórica de ordenar el transporte en el país.
Y ahora el reloj corre más rápido. Porque el Mundial está a la vuelta de la esquina y millones de visitantes llegarán al país esperando una movilidad digna de un evento global.
Si cuando bajen del avión lo primero que encuentran es un bloqueo de taxis, patrullas improvisadas como transporte y una guerra entre aplicaciones y concesionarios, el espectáculo no será precisamente el que México quiere mostrar al mundo.
Al final, esta disputa tiene algo de tragicomedia nacional: todos dicen defender al trabajador, todos dicen proteger al usuario… y sin embargo el sistema sigue funcionando exactamente igual.
O quizá peor.
