Hay problemas en la ciudad que no crecen por sí solos, crecen porque nadie los atiende. Empiezan con algo pequeño —una luminaria fundida, una fuga, de agua una calle sin mantenimiento— y terminan convertidos en enojo colectivo. No por la gravedad del problema, sino por la ausencia de interés de la autoridad
En la Ciudad de México, esa es una sensación cada vez más común: saber que algo está mal, pero no saber a quién acudir. No es que no exista autoridad, es que no está cerca, no es accesible o simplemente no le importaY cuando eso pasa, la distancia entre el gobierno y la gente deja de ser institucional y se vuelve cotidiana.
En medio de esa distancia, en medio de esa falta de contacto, emerge una figura que podría cambiar la realidad de miles de ciudadanos, pero que hoy carece de las facultades suficientes para ayudarlos: las y los concejales.
Las concejalías nacieron con la Constitución de la Ciudad de México de 2017 como parte de un nuevo modelo de gobierno local. La idea era clara: evitar la concentración de poder en una sola persona y construir órganos colegiados que sirvieran como contrapeso, pero también como vínculo directo con la ciudadanía. En teoría, los concejales serían esa primera puerta de entrada entre la gente y la alcaldía.
Pero entre lo que se diseñó y lo que ocurre en la práctica hay una brecha evidente. Hoy, para la mayoría de la población, los concejales no existen. No son visibles, no están posicionados y, en muchos casos, no tienen las herramientas necesarias para incidir de manera real en los problemas de la gente.
Sus limitaciones son claras. No tienen facultades ejecutivas, lo que les impide resolver directamente los problemas. Su peso dentro de los concejos depende de mayorías políticas que muchas veces coinciden con quienes gobiernan la alcaldía, lo que debilita su función como contrapeso. Y, sobre todo, no cuentan con mecanismos suficientes para obligar a la autoridad a actuar.

El resultado es una figura que podría ser clave, pero que hoy necesita mayores facultades.
Y ahí está, justamente, la oportunidad. Porque en una ciudad tan grande y desigual como la nuestra, la política no puede seguir operando a distancia. Necesita presencia en territorio, contacto directo y canales reales de atención. Necesita a alguien que escuche antes de que el problema crezca, que acompañe antes de que la frustración se convierta en enojo.
Ahí es donde las y los concejales pueden —y deberían— jugar un papel distinto: no solo como supervisores del gobierno, sino como contrapeso, como balance y euilibrio, como puente activo entre la autoridad y la calle. Como ese primer contacto que recibe, gestiona y empuja las solicitudes de la ciudadanía. Como quienes acompañan los problemas hasta que haya una respuesta.
Pero para que eso ocurra, no basta con buena voluntad. Se necesita fortalecer su figura. Darles más facultades, más herramientas y más peso real. Que puedan incidir, exigir y, sobre todo, obligar a las alcaldías a responder. Porque sin capacidad de acción, el vínculo se queda en intención.
Hace unos días vimos un ejemplo claro de esta tensión: un concejal intentó instalar una mesa de atención ciudadana en la explanada de una alcaldía y se encontró con resistencia de la propia autoridad. Más allá del episodio puntual, la pregunta de fondo es inevitable: ¿por qué habría obstáculos para algo tan básico como escuchar a la gente?
Se ha dicho desde el más alto nivel algo que debería ser regla y no excepción: nadie puede impedir que se atienda a la ciudadanía. Bajo esa lógica, los concejales tendrían que contar con todas las facilidades para abrir espacios de contacto directo, no como concesión política, sino como parte esencial de su función.
La política útil es la que está cerca. La que no espera a que los problemas escalen para actuar. La que entiende que gobernar no es solo administrar, sino escuchar y resolver.
Hoy, entre la autoridad y la calle hay una distancia que se siente todos los días. Los concejales podrían ser ese puente que la ciudad necesita.Pero para que lo sean, tienen que dejar de ser invisibles… y empezar a tener poder real.
