Al principio la voz del niño se escucha alarmada. “Por favor, ayúdame, a mi mamá la acaban de atropellar”. Conforme la operadora del 9-1-1 pide datos básicos el menor balbucea y empieza a reírse; luego cuelga.
Esa es una estampa de las llamadas de broma recibidas en la línea de que operamos desde el C5, las cuales pueden interferir con la atención de emergencias reales y provocar el envío de recursos.
Las llamadas relacionadas con mal uso, bromas o insultos por parte de menores de edad suman este año 14 mil 631, equivalentes al 1.7 por ciento del total de reportes improcedentes.
Cada una de ellas ocupa tiempo de operadores, retrasa a bomberos, patrullas, atención prehospitalaria y puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte.
Desarrollar una cultura cívica que comprenda la importancia de usar correctamente las líneas de emergencia es una obligación colectiva. Conocer que cada reporte falso compromete la atención de alguien en peligro debería modificar conductas y actitudes.
La víspera del Día Internacional de las Bromas —conmemorado cada primero de abril—, es momento propicio para reflexionar sobre el valor social del 9-1-1.
Una broma es un acto diseñado para sorprender, provocar risa y diversión compartida, cuya esencia busca fortalecer los lazos sociales sin causar herida alguna; ahí radica su distancia frente a la burla.
Henri Bergson en su ensayo “La Risa” plantea que se trata de un reflejo social regulador de comportamientos. Al reír juntas, las personas disfrutan y envían señales sobre lo aceptable e inaceptable. Una verdadera broma es lúdica, positiva y recíproca.
De ahí la importancia de fortalecer la cultura cívica y enseñar a los menores de edad que la línea 9-1-1 no en un juego. Incluso, pueden preguntarse: ¿y si fuera mi emergencia?
@guerrerochipres