Opinión

El derecho al desenlace: contra la nicotina de cristal

Para leer con: “Oblivion”, de Astor Piazzolla

El derecho al desenlace: contra la nicotina de cristal
El derecho al desenlace: contra la nicotina de cristal (Gemini)

En mi infancia, las historias tenían la amabilidad de terminar. Al llegar a la última página de un libro o ver aparecer la palabra “Fin” en la pantalla, uno recuperaba su vida y con ella, su voluntad. Había un alivio natural y esperado con el desenlace. Así uno podía cerrar el objeto, apagar la luz y procesar lo vivido.

Pero esa ligera victoria doméstica se esfumó. El infinite scroll hizo del usuario un minero que se excava a sí mismo y no precisamente para sanar heridas primordiales. Los dueños de las plataformas se dieron cuenta de que el cerebro humano detesta las interrupciones, pero ama las promesas incumplidas. Nos cambiaron el punto final por un tobogán de aceite.

El pulgar prénsil, la tenaza natural que nos permitió coger herramientas y aparentemente alejarnos de la barbarie, involucionó hasta volverse el operador de una rueda de la fortuna que no pasea turistas, sino minutos.

Deslizamos el dedo hacia abajo con una esperanza necia por encontrar algo que justifique la ansiedad. Pero el algoritmo entrega siempre una zanahoria extra. No le interesa informarnos ni divertirnos. Lo que quiere es que no salgamos de ahí. Y eso tiene nombre y varios sinónimos: prisión, mazmorra, celda, calabozo, jaula, cárcel: un espacio concebido para limitar la libertad. El diseño de estas plataformas obliga a caer siempre hacia abajo, en una caída libre donde cada pixel succiona un gramo de voluntad.


En definitiva, la atención es el petróleo de estos tiempos, y como pasa con el crudo, hay derrames de los cuales nadie quiere hacerse responsable.

Pues bien, resulta que la semana pasada, la impunidad de Silicon Valley sufrió un revés. Un jurado de una Corte en California emitió un veredicto que tiene el potencial de cambiar la arquitectura de esta era digital.

Meta y YouTube fueron señalados de dañar deliberadamente a una joven, identificada como K.G.M., sobre la base de crear un diseño de interfaz, a todas luces, pensado para generar adicción. Entre los resortes de esta fórmula para generar dopamina, están los filtros de belleza, los contadores de likes y, desde luego, el desplazamiento que nunca acaba.

Parece que el sistema de justicia norteamericano empieza a considerar las redes sociales como productos defectuosos y hasta perniciosos para la higiene mental. Es inevitable traer a colación el acuerdo de 1998 que se hizo entre las tabacaleras y 46 estados de Estados Unidos. Esa vez, el costo fue de 206 mil millones de dólares porque se demostró que el cigarrillo no solo era un objeto de consumo, sino una constante entrega de nicotina diseñada para esclavizar al pulmón. Mark Zuckerberg y sus ingenieros nos entregaron un cigarrillo digital. Uno que alimentamos todos y que no permite que lo apagues.

Quien controla el final de una historia controla la libertad de quien la lee. Al borrarnos la frontera del desenlace, nos condenaron a una vigilia sin tregua.

Cuando una sociedad no sabe terminar una conversación, se desespera, pierde los estribos y abandona el pensamiento crítico porque la reflexión necesita, por definición, una pausa. Solo que el algoritmo odia el silencio. En su idioma, esto significa “pérdida de ingresos”.

Si las empresas persisten en diseñar productos que comprometan la calidad de atención, bastaría usar el criterio restante para tomar acciones definitivas y seleccionar herramientas que no nos obliguen a mirar aunque no queramos.

Nuestro derecho al desenlace aún es reclamable: saber alejarse de la rueda de la fortuna, dejar que el pulgar recupere su función natural y hacerse consciente de que la vida, a diferencia de Instagram, tiene la elegancia de tener un límite que puede regresarnos algo de cordura. Envueltos en un ritmo de agilidad interminable y flujos ininterrumpidos, lujo es ahora un punto y aparte.

* Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quien las escribe y firma, y no representan el punto de vista de Publimetro.

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