Opinión

Lo prohibido y lo sagrado

Lo prohibido y lo sagrado (Fernando Bizerra Jr./(EPA) EFE)

En este Viernes Santo, de gran relevancia para millones de personas en todo el mundo, me acordaba de una historia de cómo la música sacra pasó al dominio popular. Hoy es bien aceptado que la música religiosa pase a las listas de música pop: desde “Rivers of Babylon” de Boney M, hasta las inspiraciones que dan a proyectos como el de Rosalía. O seguramente han visto videos del Padre Guilherme Peixoto, que hace unos remixes de canciones —que solo se escuchaban en las iglesias— convertidas en una fiesta techno. ¡Es increíble!

Pero la historia que les quiero contar no es de este siglo. De hecho, se considera la primera canción “pirateada”, aunque les prometo que se van a sorprender:

Desde hace siglos hay una tradición católica llamada “Tenebrae” u “Oficio de Tinieblas”. En el Vaticano se celebraba un funeral simbólico de Jesús, una misa de duelo, abandono y caos. Esto se hacía, precisamente, una semana como esta. Básicamente se cantan 14 salmos y en cada uno de ellos se apagaba la llama de un candelabro triangular de 15 velas de cera. Al final, solo quedaba una vela central que representaba a Jesús.

Bueno, ese es el contexto. El Tenebrae era un rito muy impresionante, celebrado exclusivamente en el Vaticano. Justo al final del “Tenebrae” sonaba el “Miserere” de Allegri, una obra compuesta para ser cantada a capella, sin instrumentos, con un dramatismo tal que se cuenta que hacía llorar a los hombres más duros.


El Vaticano sabía que esta misa era una experiencia única. Estaba prohibido repetirla en cualquier otra parte del mundo. De hecho, todas las partituras del “Miserere” estaban dentro de la Capilla Sixtina, y sacarlas de ahí era motivo de excomunión inmediata. Nunca se pudo sacar una copia de esta obra.

Pero nadie contaba con un pequeño adolescente: Mozart.

El Miércoles Santo de 1770, Wolfgang Amadeus Mozart entró a misa y detrás de él las puertas de la Capilla se cerraron. En el aire flotaba el aroma a incienso y cera quemada. Mozart, con 14 años y una peluca polvorienta, se acomodó para cometer el robo artístico más audaz del siglo 18. Su única arma: su oído absoluto y una memoria prodigiosa.

El “Miserere” no era una canción simple: era una obra para dos coros (uno de cuatro voces y uno de cinco) que se iban entrelazando. Mozart no tomó notas; se aprendió cada una de ellas. En su cerebro guardó cada uno de los compases, incluyendo la nota secreta: un Do sobreagudo que los cantantes improvisaban. Después de la misa, Mozart regresó a su casa e inmediatamente apuntó cada una de las notas y compases que acababa de escuchar.

Para comprobar que no se había equivocado, escondió la partitura en un sombrero y regresó el viernes. Solo tuvo dos equivocaciones. ¡Y listo! La obra había sido “pirateada” por primera vez en 150 años.

Esta historia tiene un final feliz: cuando el Papa Clemente XIV supo que un niño tenía la partitura, en vez de castigarlo, lo tomó como una señal divina del talento de Mozart. Por el contrario, lo condecoró con la Orden de la Espuela de Oro. Y así, la belleza de esta música sacra pasó al dominio público. ¿Qué les parece? ¡Que disfruten estos días de reflexión!

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