Opinión

Pulgares arriba, el fin de la sintaxis

Para leer con: “Existe uma voz”, de Rogê

Pulgares arriba, el fin de la sintaxis
Pulgares arriba, el fin de la sintaxis (Gemini)

Cuando descubrí el sentido de un pulgar arriba, ni siquiera lo sentí propio. En mi niñez, si quería decir que sí, lo decía. Había una sensación de extranjería en ese thumbs up, que se agravaba si en el fondo mi pretensión era estar de acuerdo con algo.

Un pulgar hacia arriba en este momento basta para lanzar misiles, aprobar un despido de personal o dar el pésame. El emoji es la cumbre del intercambio emocional humano bajo la excusa de ganar tiempo y estar en terreno seguro en esa tierra pantanosa de la expresividad digital.

Hay una inmensa fascinación por la flojera de comunicar. La elocuencia dejó de ser un riesgo y se volvió un ramplón kpi de productividad. Si puedo evadir el contacto visual y delegar hasta el “hola” por Slack, tanto mejor. Incluso, por las venas de los correos y los documentos de oficina ya circula sangre algorítmica. Ya hay posibilidad de liberarse de ese fastidio que era tener que pensar y redactar correos, trabajos de maestría y hasta argumentos para pleitos de pareja. Disfrazamos la indolencia cognitiva como una victoria de la agilidad.

Como bola de nieve, esta atrofia cruzó rápidamente los límites de la adolescencia hiperconectada y colonizó el territorio del lenguaje, incluso en los matices donde se concentra más poder. Los líderes políticos hicieron suyo el balbuceo digital. Un insulto de tres letras y un emoji extinguen cualquier posibilidad de debate. Y encima festejamos esa indigencia intelectual señalándola como “comunicación directa con el pueblo”.


Las crisis, sean personales o de Estado, exigen la comprensión y elaboración de un lenguaje complejo. Un análisis académico sobre la economía de la atención (The Five-Minute Nation: U.S. Time-Use Evidence for Reading Collapse, ResearchGate, 2026) documentó el colapso del hábito de lectura y el escandaloso encogimiento del vocabulario en la actualidad. El estudio señala que perdemos la facultad de pensar por la falta de una narrativa interna. Si careces de la palabra precisa para nombrar la frustración, el sentimiento muta en un nudo en la garganta. Y así uno termina siendo un turista perdido en el mapa de sus emociones.

La sintaxis es demandante. El hecho de acomodar sujeto, verbo y predicado requiere un compromiso humano con quien recibirá la frase, a modo de regalo. Al estrangular el diccionario personal para hacerlo estrictamente utilitario, reducimos de tajo la talla del obsequio y con eso, la estatura humana. Y es que el lenguaje marca la frontera de la realidad posible. Suprimir adjetivos precisos o embalsamar verbos agudos es como caminar por una galería de arte con los ojos vendados.

Para Noam Chomsky, el lenguaje funciona como la arquitectura fundacional del pensamiento humano. Al tercerizar la redacción a un algoritmo o al responder con una imagen prefabricada para ganar cinco segundos o un like, lo que soltamos es el privilegio de razonar.

Festejar las respuestas predecibles o aplaudir la redacción de plástico que escupe un servidor en milisegundos es declararle la guerra a la profundidad, que dicho sea de paso, es una característica de la especie.

La solución y la vergüenza comparten salida: esta pobreza verbal es estrictamente voluntaria. Elegimos asfixiarnos. Nos despojamos del idioma frente al terror de invertir tiempo en la complejidad del otro. Pronto, las máquinas conversarán con la sofisticación de Chomsky, mientras nosotros, sus flamantes dueños, apenas podremos gruñir frente a la pantalla para aprobar o no el mensaje.

* Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quien las escribe y firma, y no representan el punto de vista de Publimetro.

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