Es común que, ante el estallido de un comportamiento disruptivo en la infancia, la primera reacción social sea buscar una etiqueta que nombre el “fallo” individual.
Vivimos en una cultura de la inmediatez que prefiere el diagnóstico rápido antes que la observación profunda. Sin embargo, cuando nos preguntamos qué tiene de malo un niño, estamos cometiendo un error de perspectiva fundamental: estamos mirando la bombilla fundida sin revisar la instalación eléctrica de toda la casa.
El síntoma no es la enfermedad; el síntoma es el lenguaje de un sistema que ha perdido el equilibrio.
La psicología sistémica y la ecología del desarrollo humano nos invitan a un cambio de paradigma urgente. Como bien planteó Urie Bronfenbrenner, el desarrollo de un ser humano es un complejo engranaje de sistemas que se contienen unos a otros, desde el núcleo familiar hasta las políticas públicas y la cultura.
Bajo esta lupa, lo que habitualmente catalogamos como trastornos suelen ser, en realidad, fracturas sistémicas con rostro de niño. El comportamiento es la señal de humo, pero el incendio suele estar en el entorno.
Pensemos en el adolescente etiquetado como manipulador que, en realidad, ha desarrollado estrategias de control para sobrevivir en un hogar fragmentado por las adicciones. O en el pequeño con diagnóstico de TDAH que intenta procesar estímulos en un aula de treinta y cinco alumnos bajo la guía de un docente agotado y sin recursos.
En estos casos, el niño no es el problema, sino el miembro del sistema que manifiesta visualmente la disfunción del conjunto. Un niño desafiante en una escuela sin apoyo psicológico no es un rebelde sin causa, es un grito de auxilio ante un sistema educativo que ha dejado de ver al individuo para centrarse en la estadística.
Desde la perspectiva de los estudios sobre Experiencias Adversas en la Infancia (ACEs), sabemos que el trauma no sanado se traduce en conductas que el mundo adulto juzga como agresivas o erráticas. No obstante, estas respuestas son adaptaciones biológicas para la supervivencia.
Si el sistema que rodea al menor —familia, escuela, comunidad— no ofrece seguridad ni contención, el organismo del niño reaccionará para protegerse. Por ello, en C7 Salud Mental sostenemos que sanar al niño implica, obligatoriamente, considerar el mundo que lo habita.
Necesitamos transitar hacia una crianza y una educación conscientes donde la empatía pese más que la etiqueta clínica. Diagnosticar a un menor sin cuestionar las carencias de su entorno es una forma de violencia institucional que perpetúa el sufrimiento.
El desafío actual para padres, maestros y terapeutas es dejar de ser jueces para convertirnos en observadores del contexto. Al mejorar los sistemas y fortalecer los vínculos, el síntoma pierde su razón de ser y el niño, finalmente, puede dejar de sobrevivir para empezar a vivir.
Porque, al final del día, cada infancia es el reflejo de la salud de nuestra sociedad.
Ideas tomadas de: La perspectiva sistémica de Urie Bronfenbrenner (1979) y la psicología basada en el trauma (ACEs).
Gracias al Dr Julio Moreno por hacernos llegar el artículo.
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