La política del bache. Dicen que en la política no todo lo que brilla… pavimenta. Y para muestra, dos estilos que hoy contrastan en la Ciudad de México. En la Cuauhtémoc, la alcaldesa Alessandra Rojo de la Vega ha optado por el reflector: videos, redes y hasta escenas donde aparece tapando baches “a mano”, en una estrategia que algunos ya califican más cercana al contenido de TikTok que a una política pública de fondo. Del otro lado, en Tlalpan, Gabriela Osorio presume una apuesta distinta: una inversión de 200 millones de pesos para rehabilitar colonias, con cuadrillas y equipos propios destinados al bacheo, en un intento por institucionalizar lo que en otras demarcaciones parece resolverse con cámara en mano.
El contraste no pasa desapercibido. Mientras una apuesta por la narrativa y la exposición, la otra busca anclarse en obra y estructura. Y ahí es donde surge la pregunta incómoda: ¿cuánto de la gestión pública se está destinando a resolver problemas… y cuánto a construir imagen?
Porque en tiempos donde lo mediático manda, el riesgo es claro: que el presupuesto se diluya en promoción personal, mientras los baches —esos sí— siguen ahí, recordando que la realidad no se edita. Al final, dicen, el problema no es el estilo… sino cuando el estilo sustituye a los resultados.
Roberto Velasco, flamante canciller, con sello Ebrard. Hay quienes dicen que los nombramientos no son casualidad… y el de Roberto Velasco lo confirma.
Su reciente movimiento para sustituir a Juan Ramón de la Fuente al frente de la SRE no solo marca un nuevo capítulo en su carrera, sino que revive una relación política que viene de tiempo atrás: la cercanía con Marcelo Ebrard, construida por años, cuando ambos operaban en la misma sintonía dentro de la cancillería. Velasco fue, para muchos, más que un colaborador: un operador clave en momentos delicados de la agenda internacional, con bajo perfil público pero alta incidencia en decisiones estratégicas. De esos perfiles que no hacen ruido… pero resuelven. Hoy, su nuevo encargo vuelve a colocarlo en una posición relevante, justo cuando Ebrard mantiene presencia en el tablero político nacional. Y aunque oficialmente se habla de experiencia y continuidad institucional, en corto más de uno lo interpreta como un movimiento que mantiene viva una red de confianza que no se ha desdibujado con el cambio de administración. Porque en política, los equipos no se improvisan… se reciclan, se reacomodan y, sobre todo, se cuidan. Y en ese juego, Velasco parece seguir siendo pieza útil en un ajedrez que Marcelo Ebrard nunca ha dejado de jugar.
