En estos días, la conversación pública gira alrededor del evento deportivo más grande y popular y de la oportunidad de poner -por tercera ocasión- a la Ciudad de México en los ojos del mundo. Pero mientras se habla de estadios, inversiones y espectáculo, vale la pena hacer una pregunta incómoda: ¿quién realmente vive este espectáculo de fútbol?
Porque para la mayoría de quienes habitan esta ciudad, este evento futbolero no llega. Se ve de lejos, por televisión, en redes, en los encabezados. Pero no se vive.
Los boletos son inaccesibles, los espacios están pensados para pocos, y la experiencia termina siendo un evento exclusivo, diseñado más para visitantes, patrocinadores y élites que para quienes sostienen la ciudad todos los días. Es un espectáculo global… pero no necesariamente una experiencia compartida.
Y mientras tanto, el verdadero partido se sigue jugando en otro lado. Se juega en las dos horas y media que una persona pierde todos los días en traslados; en la renta que sube más rápido que los ingresos; en el agua que no llega o se desperdicia en fugas; en los servicios que fallan y en el espacio público que se maquilla, pero no mejora la vida de quien lo usa.
Ese es el terreno donde la ciudad se la juega de verdad como si se tratara de la gran final. Y ahí, la gente no es espectadora: es protagonista. La Ciudad de México tiene todo para ser una gran sede mundialista. Tiene historia, cultura, diversidad y una energía que pocas ciudades en el mundo pueden igualar. Pero esa grandeza no puede medirse solo por la capacidad de organizar un evento, sino por la capacidad de incluir a su gente en él.
Porque el problema no es el fútbol. El problema es cuando el show se vuelve accesible solo para unos cuantos. La experiencia internacional es clara: cuando los grandes eventos no se planean con visión social, dejan poco más que fotos. Infraestructura que no se usa, inversiones que no transforman y espacios que no responden a las necesidades de quienes viven ahí. Es la lógica de la “ciudad escaparate”: se diseña para que se vea bien, no para que se viva mejor.
Ese riesgo ya es visible en la Ciudad de México. Cuando se prioriza lo que luce en una transmisión de televisión por encima de lo que vive la gente en su colonia, la ciudad no mejora, solo se decora. Y cuando eso pasa, el evento no suma: se vuelve ajeno. Pero sí hay otra forma de hacerlo. Un evento de esta magnitud también puede ser una oportunidad para democratizar el acceso al deporte y al espacio público.
Para abrir zonas de convivencia reales, accesibles, pensadas para quienes viven en las alcaldías sede. Para integrar a comunidades, impulsar talento local, activar barrios y hacer que la experiencia no se quede dentro de un estadio, sino que se extienda a la ciudad.
Se trata de cambiar la lógica: de un evento cerrado a una experiencia compartida. De entender que la ciudad no es el escenario del torneo: es su esencia. Y que quienes la habitan no pueden quedar fuera de algo que, en teoría, representa lo colectivo. Porque el fútbol, como la ciudad, es de todos. Y si no cabe la gente, entonces no es un evento global: es un espectáculo exclusivo.
Cuando los partidos terminen y las cámaras se vayan, lo único que va a quedar es la ciudad que vivimos todos los días. Y ahí es donde se define lo importante: si este tipo de eventos sirven para acercar, integrar y mejorar… o solo para mirar, unos pocos, desde las gradas.

