El regreso a las aulas tras el paréntesis vacacional implica la reactivación del ecosistema de movilidad más complejo y sensible de las ciudades: el fenómeno del “nudo escolar”.
Este retorno estacional ofrece la oportunidad de entender cada cruce frente a una escuela como un salón abierto donde aprender el respeto a la jerarquía de la vulnerabilidad en el espacio público.
Al retomar las clases, el automóvil se convierte para muchas familias en una burbuja de inmunidad justificante de la doble fila, el bloqueo de rampas para personas con discapacidad o el exceso de velocidad en zonas escolares bajo el pretexto de la puntualidad.
Cuando una persona adulta ignora la señalética frente a sus hijas e hijos transmite un mensaje adverso sobre el reglamento y la conveniencia ciudadana. Por ello, este periodo puede ser un ejercicio de transmisión de la norma.
Al fomentar un regreso a clases ordenado, con respeto a las zonas de ascenso y descenso y promoviendo, cuando sea posible, la movilidad no motorizada, se desmantela la idea del espacio público donde impera la ley del más fuerte o del vehículo más grande. La robustez de una cultura vial se mide en la capacidad de los conductores de ceder el paso sin necesidad de una patrulla presente.
Institucionalmente hay despliegue operativo basado en la presencia policial y las cámaras de videovigilancia del C5, aunque la cultura vial se alimenta de la repetición y la coherencia. Este regreso a las aulas es el escenario ideal para implementar una visión equilibrada donde la tecnología de control de tráfico se encuentre con una voluntad ciudadana renovada.
La meta no es solo llegar a la puerta del colegio a tiempo, sino hacerlo de una manera organizada. Es un desafío de diseño, de autoridad y, sobre todo, de carácter civil.
Al apagar el motor frente a la escuela y respetar el flujo humano, se entrega a niñas y niños una lección de política urbana valiosa.
@guerrerochipres
