Ver a Gustavo Cerati sobre el escenario fue algo extrañísimo. Pero aún más raro fue aplaudirle.
Y es que el aplauso es un acto que premia la presencia. Por eso el desconcierto multitudinario venía cuando el público emocionado caía en cuenta de que ovacionaba a un holograma. Especialmente porque la emoción no era falsa, al contrario: la piel se enchinaba cada que la cámara hacía un acercamiento al rostro de lo que los ojos aseguraban que era Cerati. ¿Era la nostalgia destapada, repartiendo una dosis de euforia transitoria para todo aquel que se quedó pidiendo más discos, más letras y más conciertos del argentino? Si algo quedó claro es que ya no hace falta un cuerpo para producir el ritual completo de la admiración.
Ahí está la novedad de la época. Antes, un concierto era la celebración de lo irrepetible. Uno iba a ver qué podía pasar en vivo. Había una tensión palpable entre el artista y el público. Había errores e improvisaciones, pero ahora empezamos a entrar en otra lógica, la de la administración del recuerdo. Aparte de homenajear a los muertos, se les está regresando la chamba.
Y no hay duda, el show fue espectacular. Se notó la calidad del trabajo técnico y de los ensayos previos que también habrán sido inéditos y milimétricos. Fue notable ver la bota de Cerati pisando el flanger y escuchar sus riffs sincronizados con las pistas de audio. Solo que no era él. Ni su bota. Ni su mano. Y lo que más puede odiar un fan de su artista es un playback. Y eso fue lo que vinieron a ver sus seguidores. Corearon, aplaudieron y también se rascaron la cabeza. Dio tanto gusto como extrañeza estar ahí.
¿Es válido revivir a los artistas muertos para llenar auditorios? La respuesta comercial no necesita filtro. Si emociona al público, si la familia autoriza, si la tecnología lo permite, no hay billete que sobre en la mesa. Pero hay otra pregunta ética en backstage. Una cosa es recordar al artista y otra es convertirlo, ya muerto, en producto. El homenaje acepta la ausencia, pero el holograma la maquilla.
La industria del entretenimiento sabe que la nostalgia no falla. Un artista muerto no envejece, no desafina, no cancela fechas, no da mala prensa y no arruina planes de expansión a futuro. La muerte, bien producida, ofrece una versión estable del mito, lo que abre un negocio prometedor. Hoy es Cerati. Mañana serán Nirvana, los Beatles, Juan Gabriel o cualquiera cuya ausencia todavía convoque multitudes. Estamos a punto de pasar de la memoria cultural a la franquicia del más allá.
También hubo algo raro flotando en el Palacio de los Deportes en ese show: los músicos vivos (Charly Alberti y Zeta Bosio) tocando junto a una figura digital que concentra toda la atención. ¿Qué sentirán al compartir escenario con el holograma protagónico? Ellos ponen el cuerpo, el oficio, el tiempo presente. El otro pone la leyenda, el nombre y el playback. Ellos sostienen el concierto, realmente tocando. El holograma se lleva la admiración y el centro afectivo de la noche. Parecía que los vivos trabajaban para que el ausente resplandeciera.
No es esta una condena a la tecnología con deslices moralistas. La tecnología solo amplifica lo que somos. Y lo que hoy muestra con frialdad es una sociedad que prefiere restaurar sus fantasmas antes que apostar por lo nuevo. Voltear a ver a los 80, juntar grupos quebrados y vitaminar leyendas retiradas está en la misma receta que resucitar ídolos, en una dinámica que parece más segura, que escuchar a quienes todavía no tienen estatua.
Entonces el problema no está solo en el escenario, sino en el tipo de cultura que estamos construyendo. Aplaudirle a un holograma pasa de ser un simple gesto de entusiasmo a aceptar una nueva idea del espectáculo. La presencia ya no importa tanto, basta la simulación de una presencia. Y eso modifica algo muy profundo. Un concierto deja de ser un encuentro y se convierte en un show de entretenimiento diseñado para activar emociones previsibles. Por ejemplo: hubo dos canciones en esta gira “Ecos” de Soda Stereo en las que, de plano, los dos músicos y el holograma salieron del escenario para dejar que la pista y los visuales hicieran todo el trabajo.
Gustavo Cerati merece memoria, escucha, relectura. Merece seguir vivo en sus canciones, no forzosamente en una aparición luminosa, programada al segundo. Hay artistas cuya grandeza fue ser irrepetibles. Convertirlos en una imagen perfecta y regresarlos a una arena puede ser un triunfo técnico y, de la misma manera, una derrota de la mística que los hizo únicos.
Al salir de ese ‘show’, ‘tributo’ o ‘experiencia inmersiva’, al que llamaron ‘concierto’ y que tal vez sí lo fue, quedaban muchas preguntas en el aire. Pero lo que es un hecho es que atestiguamos el inicio del futuro del entretenimiento que va a empezar a depender tanto de la nostalgia como de los muertos. El riesgo latente es que una cultura que hace negocio con la imposibilidad de despedirse termine dejando sin espacio a sus vivos
