Dejar de pensar, dejar de decidir, por más ilógico que pareciera, es actualmente el precio que alguien tiene que (¡y quiere!) pagar por dejar que la IA piense y decida por ella; venir a menos al ejercicio humano del pensamiento y la decisión. ¿Por qué alguien quisiera dejar de ejercer dichas funciones?
Pensar y decidir dan trabajo, implican un riesgo, una puesta en marcha de algo que siempre implica una exploración sin garantías, se “hace camino al andar”. Confiarle a alguien o a algo, como a un algoritmo, lo que voy a pensar o a decidir, implica suprimir la responsabilidad, que, para muchas personas, es angustiante, “mejor le tiro a lo seguro”, le pregunto al sistema que me de las respuestas de mayor incidencia estadísticas.
Claro, la máquina, el programa, me pueden dar opciones, pueden organizar el material de manera más clara. Pero, el pensamiento humano, como parte y trabaja con el vacío de sentido, con las dudas, interrogantes y posibilidades creativas, jamás podrá agotarse o reducirse a una simple formula que es operacionalizable, algo que primero necesita ser programado para después dar una respuesta única de acuerdo con un comando.
Lo mejor que tiene la IA es la organización de información, el funcionar hasta cierto punto como una super-metacognición, pero no en tomar el lugar ni de una posición de duda, de investigación, como el de una decisión ética, sobre qué hacer y qué no hacer, qué posición asumir ante un dato o una acción humana, como lo expresa Jorge Forbes, “La ciencia que crea la bomba autonómica es científica y tecnológica, la decisión de lanzarla, una decisión política”.
Si una persona deja su pensamiento y decisiones en manos de un sistema complejo de reconocimiento de patrones, lo que en verdad es la mal llamada inteligencia artificial, corre el riesgo de simplificar su pensar y actuar, convertirse en “uno más” pautado por un algoritmo, tener una vida y visión genérica, en lugar de ejercer una vida y visión singular.
Por ello es por lo que la IA en el campo educativo es algo que pude funciona como un cuchillo de doble filo, no sólo para los alumnos sino también para los profesores: si todo lo hace la IA entonces todo producto será el mismo, genérico, ya que carecería de lo fundamental humano: la duda, inquietud, la pérdida y exploración, como camino que organiza tanto las ciencias, tecnologías como las artes, dejaría de ejercerse, arriesgarse y, digamos, fortalecerse, por buscar más bien “seguro” ya empaquetado. Ese, sería, en cierta forma, el fin del ejercicio del pensamiento y creatividad humana.
*El autor es psicoanalista, traductor y profesor universitario. Instagram: @camilo_e_ramirez
