Opinión

Cuando el tráfico pesa más que la historia

Mientras el transporte público se expande, especialistas advierten que priorizar al automóvil solo agravará el tráfico y pondrá en riesgo la identidad histórica de la ciudad
Monterrey (Cortesía)

Hay decisiones que no solo organizan una ciudad, la definen. Y hay otras que la exhiben. Monterrey hoy parece debatirse entre ambas.

En las grandes capitales del mundo, el patrimonio no se negocia con el tráfico. Se protege. Se respeta. Se rodea. En París, los autos no cruzan por debajo del Arco del Triunfo. En Madrid, la Puerta de Alcalá no es un atajo vial. En Barcelona, el Arco de Triunfo de Barcelona es un símbolo, no un carril exprés. La lógica es simple: primero la historia, luego la movilidad. En Monterrey, esa lógica parece invertirse.

El Arco de la Independencia, con más de 116 años de historia, fue concebido en una ciudad que no conocía el caos vehicular actual. No fue diseñado para soportar el flujo constante de automóviles ni el riesgo permanente de impactos que, tarde o temprano, terminan ocurriendo. Y aun así, la propuesta de la actual Administración de Adrián de la Garza es clara: abrir carriles por debajo. Como si el problema fuera el arco… y no la falta de planeación.

La paradoja es incómoda. Hace apenas unos años, bajo las administraciones de Luis Donaldo Colosio y Samuel García, se apostó por recuperar ese espacio, dignificarlo, devolverle su carácter simbólico en medio de una ciudad que crece sin pausa. Hoy, esa apuesta parece deshacerse… con cargo al erario.


Porque no es solo una decisión urbana, es también una decisión económica: 2.5 millones de pesos para intervenir un espacio que ya había sido intervenido. Un gasto que, más que inversión, parece corrección improvisada.

Y aquí surge una pregunta incómoda: si de verdad la prioridad es mejorar el tránsito, ¿por qué no pensar en soluciones de fondo? ¿Por qué no un paso soterrado que libere el flujo vehicular sin poner en riesgo el monumento? Pero no. La salida fácil siempre es más rápida… y más visible. Y es aquí donde la alerta se vuelve institucional.

La Secretaría de Cultura de Nuevo León no solo levantó la voz, la elevó con contundencia. Su titular, Melissa Segura, lo dejó claro: el patrimonio no es decorativo, es identidad. Es memoria colectiva. Es un derecho.

Más aún, recordó que en su restauración se invirtieron más de 50 millones de pesos. Dinero público destinado a preservar lo que hoy se pone en riesgo por decisiones que, según la propia dependencia, carecen de sustento técnico y consenso social. La frase es demoledora: falta de sensibilidad institucional.

Pero hay algo más de fondo que no se está diciendo con suficiente claridad: abrir más carriles no resuelve el tráfico, lo multiplica. Está demostrado en ciudades de todo el mundo. A mayor espacio para autos, mayor número de autos. La solución no está en perforar el pasado para acelerar el presente.

En Monterrey, además, el argumento de la “fluidez” pierde fuerza cuando en los próximos meses entrarán en operación nuevas líneas de metro y se ampliará la red de transporte público con más rutas de camiones. Es ahí donde debería centrarse la apuesta: en redistribuir a los ciudadanos entre distintas alternativas de movilidad, no en insistir en un modelo que prioriza al automóvil por encima de todo.

Porque sí, las glorietas funcionan. Lo han demostrado en muchas partes del mundo. Pero requieren algo que no se construye con concreto: educación vial. Sin eso, cualquier solución se convierte en parche.

Monterrey no necesita más carriles, necesita mejores decisiones. Necesita entender que no todo se resuelve abriendo paso al automóvil, sobre todo cuando ese paso implica poner en riesgo lo poco que queda intacto de su historia.

Porque cuando una ciudad decide que es más importante circular que conservar, lo que está en juego no es el tráfico… es su identidad.

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