Opinión

El periodismo se ejerce todos los días

José Lebeña, periodista hispanomexicano, natural de Asturias (España), desciende de Puebla (Mëxico) y la mayor parte de su vida laboral la ha desarrollado en MOnterrey y Ciudad de México
Periodismo (Publimetro)

Recibir un reconocimiento por el trabajo siempre deja algo más que satisfacción personal. Es una pausa obligada para mirar atrás y entender el camino recorrido. Ayer no pude estar presente para recibir la Medalla al Mérito Periodístico otorgada por el Congreso de la Ciudad de México, pero estuve bien representado por Ericka Ostos, compañera leal en los días buenos… y en los no tanto. A todos ellos, mi agradecimiento.

Este reconocimiento lo recibo con honor, pero también con responsabilidad. Porque el periodismo no entiende de horarios ni de pausas. Es una vocación que exige estar donde ocurren las cosas, muchas veces sin previo aviso. Y aunque muchos piensen que se trata de escribir, en realidad se trata de algo más profundo: contar historias. Darles forma y hacerlas llegar. Antes fue en piedra, luego en papel, hoy en video y redes. Cambian los formatos, pero no el propósito: acercar la realidad a quienes no siempre pueden verla.

Han pasado casi dos décadas desde que este oficio me abrió sus puertas. No fue un camino sencillo. Aprendí muchas veces de forma autodidacta, a golpes de actualidad, en escenarios complejos como Monterrey, en una de sus etapas más oscuras. Después vinieron Santiago de Chile, Puerto Rico, Madrid, Irlanda… y finalmente México, donde terminé de entender la dimensión de este oficio. Cada lugar, cada historia y cada persona han ido construyendo una mirada más amplia, pero también más consciente de la responsabilidad que implica comunicar.

El periodismo es ver, escuchar y después transmitir. Es cuestionar, incomodar y, sobre todo, dar voz a quienes no la tienen. No estamos para polarizar, sino para informar, aunque eso incomode. No estamos para tomar partido —eso lo reservo para las urnas—, pero sí para ser firmes frente a los abusos de poder, vengan de donde vengan. Porque sin libertad de expresión no hay periodismo, y sin periodismo libre no hay sociedad informada ni ciudadanía crítica.


También he sido testigo de la transformación de esta industria: del papel al entorno digital, de las redacciones tradicionales a modelos “digital y audience first”, de la intuición a la irrupción de la inteligencia artificial. Cambian las herramientas, pero no la esencia. El periodismo sigue siendo presencia, contacto, calle, agenda, conversación. No puede reducirse a una oficina ni a la comodidad de la distancia.

Nada de esto se construye en solitario. Detrás hay familia, maestros, colegas, equipos. Hay quienes empujan, quienes enseñan y quienes acompañan. Y también hay momentos de duda, de desgaste y de reflexión. Porque este oficio exige entrega, pero también obliga a replantearse el rumbo. Hoy, desde Washington, iniciando una nueva etapa, ese ejercicio es inevitable.

México es un país diverso, complejo y profundamente rico en matices. Una tierra de encuentro, donde convergen historias, raíces y culturas. Y en esa diversidad —como en lo cotidiano, incluso en algo tan simple como una tortilla de maíz, de harina o de patata— está también una forma de entender el mundo: integrar, adaptarse, construir.

Al final, tanto el periodismo como la política comparten una responsabilidad: contribuir a una sociedad más abierta, más justa y más consciente. Una tarea que exige menos ruido y más diálogo, menos trincheras y más puentes.

Este reconocimiento no lo asumo como un punto de llegada, sino como un recordatorio. El de seguir contando historias. El de seguir estando. El de no perder la esencia en medio de los cambios.

Gracias a todos por estar, incluso cuando uno no puede estar presente.

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