Hacer un trasbordo en la estación de metro Hidalgo un martes a las seis de la tarde demanda el mismo sudor que cruzar un desierto, pero con la desventaja del roce humano.
El metro de esta ciudad es una radiografía subterránea: ahí abajo, prensados entre puertas y con ventiladores que solo agitan el dióxido de carbono, el cuerpo humano termina de comprender el colapso ambiental. Se trata de un calor que no es normal. Uno que necesita ser rebautizado, porque ya es otra cosa.
Arriba, sobre el asfalto que reblandece las suelas, el asfixio adquiere una condición burocrática. Ignoramos el termómetro y señalamos los planos de obra. Entregamos las colonias a desarrolladores inmobiliarios que erigen cajas de cristal templado, diseñadas para acumular radiación solar. Bautizamos como “vanguardia” a la erradicación de la ventilación cruzada y llamamos “amenidad exclusiva” a la azotea donde los tinacos de polietileno libran una batalla perdida contra la evaporación y el olvido gubernamental.
Sobrevivimos el día a día administrando la escasez con recibo de luz en la mano. La Comisión Federal de Electricidad cobra esta desesperación con tarifas de alto consumo, gracias al ventilador de aspas rotas que gira toda la madrugada intentando engañar al insomnio. Domesticamos esta crisis y la metimos a la recámara.
Al mismo tiempo, la sed mutó en un negocio móvil de diez mil litros. La pipa de agua, ese camión metálico que destroza el pavimento y bloquea el tránsito de calles empinadas, certifica nuestra condición chilanga. En su carrocería presume que el servicio es gratuito, pero la “gratificación obligatoria” empieza en 3 mil pesos. Privatizamos el acto de lavarnos las manos.
Luego viene la lluvia. Porque la ironía meteorológica ignora los términos medios. Cae sin avisar, con la fuerza de una venganza. Inunda Viaducto en veinte minutos, paraliza los bajo puentes y convierte los taxis en trajineras. Mientras la ciudad se ahoga en sus propias avenidas, las presas del sistema Cutzamala miran el aguacero con indiferencia. Sus niveles de almacenamiento continúan raspando el fondo. Nos hundimos en las calles pero rogamos por una gota en la cisterna.
Mientras los diplomáticos discuten metas de reducción de carbono en foros internacionales refrigerados a dieciséis grados, el capitalino calibra su presente midiendo la presión del agua en el lavabo. Aprendimos a respirar polvo en primavera y a sortear charcos en verano como parte del catálogo del vivir aquí.
La intemperie dejó de ser un imaginario. Compró un departamento en nuestro edificio, monopolizó el contrato de servicios y ahora viaja junto a nosotros, sudando copiosamente, en el vagón de la línea tres.
