Opinión

Nunca he estado en Dublín una joya teatral

¡Qué buena vida! Por Ricardo Tinajero

Después de una especie de veda teatral, por fin vi algo que me encantó de una manera que no ocurría desde hace mucho tiempo: Nunca he estado en Dublín.

Todos —o al menos yo— esperamos con ansia la cena familiar de Navidad, porque es el momento en el que podemos reencontrarnos con nuestros seres queridos. Aunque, siendo honestos, también es cuando suelen aparecer los reclamos, los malentendidos y hasta los rencores que uno pensaría ya superados.

Eso mismo le sucede a la familia de Luz María y Javier, quienes esperan reencontrarse con su hija Verónica en vísperas navideñas, luego de tres años sin verla desde que huyó a Alemania.

Junto a ellos también está Martín, un hombre que no ha tenido suerte en el amor y que se niega a aceptar que su relación terminó, aferrándose a una vida que ya no existe.


La puesta en escena está planteada desde la comedia, y vaya que cumple su cometido. Desde la tercera llamada comienzan las carcajadas y no paran durante toda la función.

Creo que uno de los grandes aciertos del autor, Markos Goikolea, es hacer conciencia a través del humor y no desde la tragedia. Justo eso me decía hace tiempo mi querido amigo y dramaturgo Edgar Muñiz: que la comedia tiene un poder enorme porque conecta mucho más rápido con la gente que el drama. Y qué razón tiene.

Otro aspecto extraordinario es la construcción de los personajes. La manera en la que el autor los describe es impecable, pero darles vida es responsabilidad del director, y Marco Pacheco hace un trabajo monumental.

Tenía mucho tiempo sin ver una dirección escénica tan precisa y poderosa. Lleva a los actores al mil por ciento, al grado de hacerte sentir parte de esa cena familiar. Literalmente, eres el sexto invitado en la mesa.

La manera en que coreografía las discusiones, el realismo durante la cena y esa capacidad de sacar a flote lo patéticos que podemos llegar a ser cuando necesitamos algo, hacen que todo se sienta brutalmente humano.

De verdad, Marco, estás cañón.

Y del elenco, ¿qué puedo decir?

Empecemos con mi querida Mónica Huarte. Son pocas las ocasiones en las que podemos verla sobre las tablas, pero cuando lo hace es un deleite absoluto. Su talento consigue que cada personaje trascienda, y aquí no es la excepción.

Su Luz María es una mujer autoritaria, obsesionada con el “qué dirán” y con aparentar ser la más cool, aunque por dentro carga con demonios que terminarán poniendo en riesgo el patrimonio y la estabilidad de toda la familia.

A su lado está Silverio Palacios interpretando a Javier. Estamos acostumbrados a verlo más en cine y televisión, pero aquí demuestra nuevamente el enorme actor que es.

Su personaje es un padre bonachón, protector y entregado a su familia, aunque también deja ver que incluso las mejores personas pueden actuar movidas por el interés cuando la vida las rebasa.

Y hablando de actuaciones memorables, tengo que mencionar a Miguel Tercero. Desde que lo vi en Junio en el 93 me volví fan de su trabajo. Es de esos jóvenes actores que han demostrado por qué su nombre aparece cada vez más en los mejores proyectos teatrales del país.

Aquí interpreta a Martín, ese primo o familiar que todos conocemos: alguien perdido emocionalmente, incapaz de rehacer su vida y aferrado a una relación que ya terminó. Miguel lo hace extraordinariamente bien.

Y por último está Daniela Méndez. Es la primera vez que la veo sobre el escenario y vaya sorpresa me llevé.

Su Verónica es simplemente magistral. La interpreta con una naturalidad y una fuerza emocional impresionantes.

Todos hacen un trabajo memorable.

Hay actuaciones que se olvidan al salir del teatro y otras que se quedan tatuadas en la memoria. Esta obra pertenece a las segundas.

Es tan perfecta, tan bien construida y tan honestamente interpretada, que no puedo ponerle un solo “pero”. Se nota que todos dejaron el alma sobre el escenario.

Apúrense porque sólo estará hasta el 8 de julio en el Foro Shakespeare, con funciones los miércoles a las 20:30 horas.

Por favor, no se la pierdan. De verdad, estas son de esas experiencias teatrales que rara vez se repiten en la vida.

Los invito a que me sugieran, comenten y también me recomienden lo que les gusta.

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Nos leemos la próxima semana.

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