Vivimos en una época donde nunca antes había sido tan fácil expresarse. Las redes sociales, los espacios digitales, los nuevos lenguajes: todo parece invitar a decir, a mostrarse, a existir frente a otros. Y sin embargo, algo inquieta. A pesar de tanto ruido, de tanta palabra circulando, hay una sensación persistente de que no estamos logrando escuchar del todo lo que está pasando.
Quizá el punto no sea cuánto se dice, sino cómo se escucha.
Los jóvenes hoy crecen en un mundo donde las referencias cambian constantemente. Lo que antes parecía estable —la identidad, los vínculos, los caminos de vida— hoy se presenta como algo flexible, abierto, incluso incierto. Para algunos, eso puede vivirse como una liberación. Para otros, como una intemperie difícil de habitar.
¿Estamos comprendiendo esa experiencia o la estamos traduciendo demasiado rápido a categorías que nos resultan familiares?
A veces, frente a lo que no entendemos, buscamos respuestas inmediatas. Nombres, etiquetas, explicaciones que nos devuelvan cierta sensación de orden. Pero ¿qué se pierde en ese proceso? ¿Qué partes de la experiencia quedan fuera cuando apresuramos el significado?
Tal vez haya algo más profundo ocurriendo. Algo que no se deja capturar fácilmente en estadísticas ni en tendencias. Una pregunta más silenciosa, pero más compleja: ¿cómo se construye hoy un sentido de sí mismo en medio de tantos espejos?
Porque no se trata solo de identidad en abstracto. Se trata de pertenencia. De reconocimiento. De encontrar un lugar donde uno pueda ser sin tener que explicarse todo el tiempo. Y cuando ese lugar no aparece con claridad, la búsqueda puede tomar caminos diversos, algunos más visibles que otros.
En este contexto, el papel de los adultos se vuelve especialmente delicado. No se trata únicamente de aceptar o rechazar, de validar o cuestionar. Tal vez se trate, primero, de tolerar la incertidumbre. De no apresurarse a cerrar lo que todavía está en proceso.
Escuchar, en ese sentido, implica algo más que oír palabras. Implica suspender por un momento la necesidad de entenderlo todo. Estar ahí, incluso cuando no hay respuestas claras. Acompañar sin invadir. Preguntar sin dirigir.
No es sencillo. Va en contra de una cultura que premia la rapidez, la certeza, la definición. Pero quizás, en temas que tocan lo más profundo de la experiencia humana, esa prisa no solo es inútil, sino contraproducente.
¿Y si el verdadero reto no fuera explicar a los jóvenes, sino aprender a escucharlos de otra manera?
Tal vez, en medio de tanto discurso, lo que más falta hace no es una nueva respuesta, sino una nueva forma de estar presentes. Una que permita que las preguntas existan sin resolverse de inmediato.
Porque, al final, más allá de cualquier debate, lo que está en juego no es una idea, sino la posibilidad de que alguien se sienta visto, escuchado… y acompañado en el proceso de convertirse en quien es.
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