Opinión

Columna Itinerante: Disciplina sin sentido

Aunque la crianza es individual, muchos padres cometen los mismos errores al disciplinar a sus hijos
Aunque la crianza es individual, muchos padres cometen los mismos errores al disciplinar a sus hijos | (Pexels)

Recientemente he escuchado a personas que están preocupadas por sus hijos jóvenes adultos que, al parecer, no saben muy bien qué hacer en la vida. Precisemos, no saben qué hacer con SU vida.

En dichos relatos siempre aparecen los mismos elementos: en algunos momentos se puede presentar un intenso entusiasmo, pero fugaz, que termina por no concretarse; se habla de exploración de múltiples intereses, dispersión, exceso de pensamientos, procrastinación, ensoñación, fastidio y preocupación en la familia…En fin, un sin sentido y malestar general, acompañado, la mayoría de las veces, por una sensación de culpa en el joven por no saber qué desea hacer con su vida, al tiempo que la familia, sobre todo los padres, les piden compromiso y disciplina, algunas veces en un tono cada vez más desesperado.

Cada cosa que se emprende se encuentra con la expectativa-presión de que eso sea finalmente lo que se anda buscando-esperando que haga, gracias a lo cual la presión va en aumento y termina por abandonarse, repitiéndose el ciclo una y otra vez.

En cada uno de esos casos –guardando las respectivas diferencias singulares—podemos constatar algo en común: la ausencia de sentido, es decir, la ausencia de una apropiación de un sentido singular de existencia, de un mundo que, tanto para el joven como el adulto, tenga significado más allá de cumplir con tareas.


Eso no quiere decir que para el adulto todo sea fácil, claro y bien definido, pues no porque hable de responsabilidades y necesidades quiere decir que posee un sentido de vida; la vida para ellos también puede ser un peso si no tiene un significado singular y simplemente se experimenta como el peso de una rutina de cosas por hacer y necesidades que cubrir.

Digamos que el gran fracaso de los adultos (padres, maestros, etc.) es el de no conseguir transmitir un sentido del mundo, en no autorizar o ayudar para que cada joven pueda construir un sentido singular de su vida, que, dicho sea de paso, eso no lo da la escuela, requiere ser decidido, inventado uno a uno.

Qué quiere decir eso, quiere decir que el adulto no ha logrado vía el testimonio, y no lo dicho o impuesto en sermones o gritos donde se habla desde el deber ser de la maduración de la supuesta vida que cada persona debe alcanzar, dar cuenta de un mundo con un significado singular, propio, a partir del cual se pueda sustentar una vida que realice.

Regularmente los adultos transmiten una idea genérica sobre el sentido de vida, una disciplina sin sentido, esfuerzo sin rumbo, un sacrificio interminable, donde se alternan momentos de placer: tienes que estudiar para poder trabajar, para poder tener dinero para comprar las cosas que necesitas y deseas, eso es ser adulto.

En ello siempre podemos encontrar la expresión de aquello plateado por Silvia Bleichamar, respecto al peligro de hablarle a un estudiante, futuro esclavo, sobre el estudiar para ganarse la vida, y no como un espacio para recuperación –¡y construcción! —de sueños, es decir, de un sentido singular de vida.

La única disciplina y, si se quiere ver, sacrificio, que puede realizar una existencia es aquel que se experimenta en cosas que son una decisión vocacional singular de vida, en deseos muy propios, los cuales no responden a un simple cálculo de costo-beneficio, sino a actividades que se inscriben en la línea de un deseo singular (vocacional) que nos ha tomado y que sin ese elemento la vida no sería digna, para esa persona, de ser vivida, pues caería en el sin sentido.

*El autor es psicoanalista, traductor y profesor universitario. Instagram: @camilo_e_ramirez

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