No desde la prisa de opinar, sino desde la incomodidad de no entender del todo. Cada vez es más frecuente escuchar, en las noticias, en las redes o en conversaciones cotidianas, que más adolescentes se identifican como transgénero. Los datos están ahí, creciendo, y más allá de cualquier postura, algo en ese aumento nos interpela como sociedad.
¿Qué estamos viendo realmente? ¿Un cambio profundo en la forma de comprender la identidad? ¿Una mayor libertad para nombrar lo que antes permanecía oculto? ¿O también, quizá, la expresión de un malestar más amplio que todavía no sabemos cómo escuchar?
Crecer nunca ha sido sencillo. La adolescencia siempre ha sido ese territorio incierto donde uno intenta responder quién es y dónde encaja. Pero hoy ese proceso ocurre en un mundo con menos certezas compartidas, más estímulos, más espejos. ¿Qué significa construirse a uno mismo cuando casi todo parece estar en movimiento? ¿Qué papel juegan las pantallas, los relatos disponibles, las historias que vemos repetirse una y otra vez?
También está el cuerpo, ese lugar donde históricamente se anclaba parte de nuestra identidad. Hoy la tecnología permite intervenirlo de maneras que hace apenas unas décadas eran impensables. ¿Cómo dialoga esa posibilidad con los tiempos internos de una persona joven? ¿Qué lugar ocupa la medicina cuando la pregunta es, en el fondo, existencial?
Y en medio de todo esto, aparece otra dimensión que pocas veces se aborda con calma: los sistemas que rodean estas decisiones. La salud, la industria, los discursos, las políticas públicas. ¿Hasta qué punto estamos mirando el fenómeno completo? ¿Qué intereses, qué urgencias, qué silencios están también en juego?
No se trata de negar, ni de afirmar, ni de reducir experiencias profundamente humanas a una sola explicación. Quizá la pregunta más difícil —y también la más necesaria— sea otra: ¿estamos sabiendo acompañar? ¿Sabemos escuchar sin apresurarnos a nombrar, a definir, a intervenir?
Tal vez, en un momento donde todo parece exigir respuestas inmediatas, lo verdaderamente complejo sea sostener la pregunta. Dar tiempo. Abrir espacio. Permitir que la identidad, como tantas otras cosas importantes en la vida, no tenga que resolverse al ritmo de la urgencia, sino al de la comprensión.
Porque, en el fondo, más allá de cualquier postura, lo que está en juego no es una idea, sino personas. Y quizá ahí, en esa conciencia, empieza una conversación distinta.
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