El domingo 31 de mayo, algo ocurrió en este país que vale la pena registrar con cuidado. No solo en el Monumento a la Revolución, donde la Presidenta Claudia Sheinbaum se paró frente a más de 130 mil personas para rendir cuentas a dos años de su triunfo electoral, sino en prácticamente toda la república. En 31 estados la gente salió a las plazas. Desde Tijuana hasta Mérida, familias enteras que fueron convocadas por la convicción de que este gobierno es suyo. Con la presencia de la Jefa de Gobierno, diputados federales y locales, senadores y el gabinete legal y ampliado del gobierno de México y de la Ciudad de México.
El informe fue eso, una gran rendición de cuentas con números, con obras, con resultados que no se improvisan. El salario mínimo pasó de 2 mil 650 pesos en 2018 a más de 9 mil 500 pesos en 2026. El peso mexicano, que hace apenas un año cotizaba a 19.65 por dólar, llegó a 17.40, convirtiéndose en la segunda moneda más apreciada frente al dólar en todo el mundo. Los homicidios dolosos bajaron 49 por ciento en 20 meses. Veintinueve hospitales nuevos. Mil 700 millones de piezas de medicamentos distribuidos. Una jornada laboral de 40 horas aprobada después de décadas de espera.
Pero el momento más emotivo del discurso fue cuando la Presidenta habló de soberanía. No con abstracciones, sino con memoria histórica y con nombres. Recordó que durante el periodo neoliberal las agencias estadounidenses tenían la puerta abierta y operaban en territorio nacional. Recordó el operativo Rápido y Furioso, que permitió el ingreso de miles de armas de alto poder y terminó costando vidas mexicanas. Y luego vino la frase que resume todo: “México no es piñata de nadie.”
No es una frase de campaña. Es una declaración de Estado. Sheinbaum fue muy clara: México no va a defender la corrupción, nunca, para eso existen la Fiscalía y el Poder Judicial. Pero tampoco va a permitir que oficinas del Departamento de Justicia estadounidense terminen convirtiéndose en el gran elector de México. Porque hoy vienen por unos, y mañana pueden venir por otros. Esa lógica, si se acepta, no tiene fondo.
Lo más contundente fue su lectura de la derecha mexicana. No la llamó oposición. La llamó lo que es: entreguista. Una derecha que viaja al extranjero a hablar mal de México, que pide intervención externa, que abre las puertas a agencias extranjeras con tal de recuperar los privilegios que perdió cuando el pueblo decidió cambiar el rumbo. Y remató con Juárez, como siempre se remata cuando se habla de dignidad nacional: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz.”
Cooperación sí, subordinación no. Coordinación sí, sometimiento no. Ese es el límite. Y el domingo, en cada plaza de este país donde la gente salió a escucharla, quedó claro que ese límite no lo pone solo el gobierno. Lo pone el pueblo.
Por eso el llamado con el que cerró el discurso fue una convocatoria hacia adelante. La Presidenta pidió a la ciudadanía que a partir de la próxima semana salgan a las plazas, hablen con sus vecinos, con su familia, con quien sea, y digan en voz alta lo que el domingo se gritó en cada rincón de esta República: que la patria no se vende. Que la patria se ama y se defiende.
Dos años. Una mujer al frente. Un pueblo en las calles. Y una sola certeza que atravesó cada plaza de esta república el domingo: que el futuro de México lo decidimos aquí, entre nosotros, con nuestras manos y con nuestra historia. No en Washington ni en ningún otro lugar. Aquí.
César Cravioto es Secretario de Gobierno de la CDMX
