A ocho días de que la Ciudad de México sea observada por millones de personas durante el Mundial, las autoridades tomaron una decisión con toda la lógica del mundo: instalar candiles. Monumentales, virreinales, luminosos. Porque si algo le faltaba al Metro Hidalgo era precisamente eso.
No es una crítica menor. Es una imagen que lo dice todo sin necesidad de explicaciones: candelabros de diseño frente a obras inconclusas, vallas y accesos provisionales que llevan semanas siendo el verdadero paisaje cotidiano de los usuarios. La ironía no la construye nadie; la construyeron ellos.
Lo que ocurre actualmente en el Sistema Metro no puede verse únicamente como una molestia temporal derivada de preparativos. También pone sobre la mesa una discusión que la ciudad lleva años aplazando: qué se prioriza, para quién se planea y quién termina pagando el costo de las decisiones.
Durante las últimas semanas se han registrado fallas eléctricas, retrasos y problemas operativos en líneas que supuestamente ya habían sido rehabilitadas. Para las autoridades son semanas de ajustes. Para millones de usuarios son retrasos para llegar al trabajo, clases perdidas, citas canceladas y menos tiempo con sus familias. Esa diferencia de perspectivas importa, porque la movilidad no es un asunto técnico: es una cuestión de calidad de vida.
Los servicios alternativos no alcanzan. Los RTP difícilmente absorben la demanda que normalmente atiende el Metro. Las filas crecen, los tiempos de espera se extienden y las personas con discapacidad enfrentan un desafío adicional: en muchas estaciones, obras y accesos provisionales han convertido algo tan básico como entrar o salir en un ejercicio de obstáculos. Una ciudad moderna no se mide por la imagen que proyecta hacia afuera, sino por su capacidad de garantizar movilidad digna e incluyente para todas las personas, todos los días.
La discusión también es sobre números. Cerca de 2 mil millones de pesos se han destinado a la llamada calzada flotante de Tlalpan. Más de 62 millones a contratos para pintar ajolotes, serpientes emplumadas y otros motivos sobre el pavimento rumbo al Mundial.
No son obras menores: son decisiones de asignación presupuestal que revelan una escala de prioridades. Y mientras tanto, el propio sindicato del Metro ha advertido sobre la falta de mantenimiento profundo, la escasez de refacciones y el deterioro acumulado de instalaciones que requieren atención urgente.
La contradicción tiene cierta profundidad histórica. Durante años, el oficialismo criticó con razón al Porfiriato por privilegiar la apariencia del progreso sobre las necesidades cotidianas de la población. Hoy, a días del Mundial, el riesgo de caer en una lógica similar es perfectamente visible. Incluidos los candiles.
El Metro no es solamente el corazón de la movilidad de la Ciudad de México. Es una de las obras públicas más importantes de la historia del país, un motivo de orgullo colectivo y, en la práctica, una herramienta de igualdad social. Pero hoy, preocupa que se haya convertido en el símbolo de una ciudad que no funciona.
Lo que la Ciudad de México necesita no son intervenciones para el Mundial. Necesita un plan maestro para el Metro: mantenimiento integral, modernización seria de trenes e instalaciones, nuevas líneas para una ciudad que sigue creciendo. El Mundial durará unas semanas. El legado que deje dependerá de si este momento se aprovecha para construir infraestructura útil para las próximas décadas, o si quedará como el año en que pusimos candiles donde hacían falta refacciones.
Esa debería ser la conversación de fondo. Aunque, claro, los candiles sí quedan muy bien en foto.