La Ciudad de México nació sobre el agua. Durante siglos, miles de trabajadores dedicaron sus vidas a abrir y cerrar compuertas para regular los niveles del lago que sostenía Tenochtitlan. Esa ciudad desapareció casi por completo; quedó Xochimilco como memoria viva de lo que fuimos. Hoy conviven en la misma traza la arquitectura virreinal y los edificios de vanguardia, las lenguas indígenas y los idiomas que se escuchan en los corredores turísticos. Cambiar es la constante que define a esta ciudad.
Los grandes eventos siempre han sido aceleradores de ese cambio. Lo sabemos desde la inauguración del Estadio Azteca en 1966: la infraestructura relevante no atiende únicamente el evento, transforma el territorio para siempre. Lo confirma Medellín, que convirtió la llegada del metro cable en regeneración de sus comunas más marginadas, y Barcelona, que reconfigurou su frente marítimo con los Juegos Olímpicos de 1992 y todavía vive del legado. La Ciudad de México está escribiendo ahora su propia versión de esa historia.

La Jefa de Gobierno Clara Brugada presentó recientemente una plataforma digital de transparencia que concentra más de dos mil proyectos concluidos y una inversión que supera los 23 mil millones de pesos. La cifra importa, pero el argumento más poderoso está en la permanencia. Esta ciudad vive uno de los periodos de mayor inversión pública de los últimos años, y lo relevante es que la mayor parte de esa infraestructura estará aquí cuando el último silbatazo del torneo se apague.
El corredor renovado hacia Xochimilco resume bien la lógica de fondo. Esa línea sirve a los barrios del sur mucho antes de que llegue el primer turista mundialista, y seguirá ahí cuando el último partido termine. Eso distingue la infraestructura bien concebida de la que se construye solo para la foto. ¿Qué significa esto para quienes vivimos aquí? Que cada peso invertido en movilidad o agua o espacio público tiene un doble rendimiento: recibe al visitante y mejora la vida del vecino.
Habrá quienes se concentren en la cromática, en los debates sobre qué tan acabado quedó tal o cual tramo. Es un derecho legítimo y una conversación necesaria. Pero la ciudad tiene la capacidad de sostener simultáneamente la crítica y el balance. Cuando la fiebre mundialista ceda, quedará sobre el territorio una red de movilidad, iluminación y espacio público que los capitalinos usarán todos los días, sin camiseta de ningún equipo.

Una ciudad no la construye el evento ni el presupuesto; la construye la convicción de que lo que se hace hoy es para quien vive aquí mañana. El Mundial nos dio el pretexto y la urgencia. La permanencia de lo construido será el argumento.
Quedan días. El Estadio Ciudad de México recibirá el 11 de junio el partido inaugural. Después vendrá el balance sereno, el análisis cuidadoso, la conversación larga sobre cómo seguir. Esa conversación, la más importante, apenas comienza.
Radar:Entre todas las obras, vale la pena dar una felicitación a los compañeros de la Secretaría de Obras de la Ciudad de México. Han trabajado día y noche para estar listos antes del silbatazo inicial.
*Director General del Fondo Mixto de Promoción Turística de la Ciudad
