Durante semanas, las aves de mal agüero de siempre -esas que aparecen cada vez que esta ciudad tiene la oportunidad de demostrar algo grande- se dedicaron a sembrar nubarrones. Que no estábamos preparados. Que el estadio no iba a soportar el flujo de gente. Que el transporte iba a colapsar. Que el Fan Fest del Zócalo era una ocurrencia complaciente, pero, en los hechos, inviable. Que la ciudad se iba a paralizar, que el caos nos iba a ganar, que íbamos a quedar exhibidos justo en el momento de mayor exposición internacional que hemos tenido en mucho tiempo.
Nuestros adversarios hablaron de eso durante varias semanas con insistencia. Casi con gusto.
Pues bien: los nubarrones se disiparon. Y se disiparon con una claridad que no deja espacio para la duda ni para la mala fe.
Más de 500 mil personas salieron a las calles de nuestra ciudad el día de la inauguración. Estuvieron en el estadio, estuvieron en el Fan Fest del Zócalo, estuvieron repartidas en los dieciocho Fan Fest distribuidos por toda la capital, estuvieron en la celebración del Ángel. Medio millón de personas en movimiento, conviviendo, festejando al mismo tiempo en distintos puntos de la ciudad, y la ciudad no solo no se quebró: respondió, funcionó, sostuvo. Sin las catástrofes anunciadas. Sin el colapso prometido por quienes soñaban con nuestro fracaso, los mismos conocidos personajes incapaces de amar a México.
Lo que se demostró ese día más allá del marcador y más allá de la fiesta, fue que se comprobó que en esta ciudad pueden convivir, al mismo tiempo, eventos de la máxima importancia y manifestaciones públicas. Grupos que decidieron expresarse, que decidieron tomar las calles para que se escuchara su voz, lo hicieron. Nadie los detuvo, nadie los reprimió. En la CDMX la manifestación pacífica se permite, sin condiciones. Y al mismo tiempo, a unas cuadras de distancia, medio millón de personas festejaban la inauguración de un Mundial de futbol. Las dos cosas ocurrieron, en paralelo, sin que una le restara espacio a la otra. Eso -que parece sencillo dicho así, pero que en realidad es sumamente difícil de lograr- es exactamente lo que distingue a un gobierno capaz.
Y por eso, una vez más, quienes quieren que fracase este gobierno de la Cuarta Transformación se quedaron con las ganas. Llevan tiempo en eso. Se la pasaron diciendo que iba a ser un desastre, que la ciudad no iba a estar a la altura, que algo -lo que fuera- iba a salir mal y también, que ahí estarían ellos, listos para señalarlo. No fue así. Y no fue así porque hubo un esfuerzo coordinado entre todas las áreas del gobierno de la ciudad, en particular con la Secretaría de Movilidad, la Secretaría de Seguridad Ciudadana y la Secretaría de Gobierno trabajando codo a codo, planeado durante meses atrás cada detalle, para que un día tan exigente saliera bien. Y cuando algo de esta magnitud funciona de principio a fin, lo que queda demostrado es algo que va más allá del operativo: queda demostrado que hay gobernabilidad en esta ciudad.
Y todavía falta lo más gratificante de toda la jornada. Porque ningún operativo, por bien diseñado que esté, funciona si la gente no responde. Y la gente respondió. Las y los capitalinos llegaron temprano, llegaron puntuales, llegaron con tiempo de sobra al estadio y llegaron también desde muy temprano al Fan Fest del Zócalo, sin las prisas ni los desórdenes que algunos auguraban. Llegaron como quien sabe que va a presenciar algo histórico, y se comportaron exactamente así: con la alegría de quien disfruta su ciudad y con el cuidado de quien sabe que esa misma ciudad es de todas y todos. Esa combinación -fiesta y civismo, alegría y cuidado- no se decreta. Se construye.
Esta capital ya sabe lo que es recibir al mundo. Lo hizo en 1970, lo hizo en 1986, y lo volvió a hacer ahora, con una enorme pasión, pero con una ciudad más organizada, más coordinada, más consciente de su propia capacidad de la que muchos -sobre todo los que esperaban con ansias nuestro fracaso- quisieran admitir. Los nubarrones, esos que tanto se anunciaron, ya pasaron. Y lo que queda, es esto: una ciudad gobernada por la cuarta transformación, libre, pacífica, coordinada, festiva, incluyente, y que puede hacerse cargo.
César Cravioto es Secretario de Gobierno de la CDMX