Opinión

Las palabras y su poder

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Las palabras no son solamente sonidos que salen de nuestra boca. Cada palabra lleva una intención, una emoción y una dirección. La palabra puede acercarnos o alejarnos, sanar o lastimar, construir o destruir. Por eso, conviene recordar que nuestras palabras tienen poder.

Desde una visión espiritual, la palabra representa una fuerza creadora. El pensamiento permanece en nuestro interior, pero cuando lo convertimos en palabra, le damos sonido, vibración y presencia en el mundo.

Diversas tradiciones metafísicas han considerado que la palabra es una de las herramientas más importantes de la creación: primero existe una idea, después una intención y, finalmente, esa intención encuentra una forma para expresarse.

Las palabras y pensamientos pueden convertirse en patrones que influyen en nuestra conciencia, en nuestras creencias y, a partir de ellas, en nuestra manera de actuar y vivir. Desde esta perspectiva, la palabra consciente puede ser una herramienta para orientar nuestra vida hacia mayor claridad, armonía y bien. Sin darnos cuenta cuenta, pasamos buena parte de la vida hablando en contra de uno mismo.

Decir: “No puedo”, “todo me sale mal”, “seguramente algo malo va a pasar”, “yo nunca tengo suerte”, aunque puedan parecer simples expresiones cotidianas, cuando se repiten una y otra vez terminan formando una manera de pensar.

Las palabras que repetimos se convierten en mensajes que escuchamos constantemente. Y aquello que escuchamos todos los días puede influir en la imagen que construimos de nosotros mismos y del mundo. Cuidar nuestras palabras no significa negar los problemas o vivir en una fantasía.

Se trata de aprender a nombrar la realidad para construirla positivamente. Cuando sentimos ira, frustración o desesperación, quizá uno de los actos más inteligentes sea guardar silencio por un momento. Respirar. Alejarnos del impulso. Esperar a que la emoción disminuya antes de convertirla en sonido.

No todo lo que sentimos necesita ser dicho inmediatamente. Podemos sentir enojo. Tenemos derecho a estar frustrados. Tenemos derecho a expresar lo que pensamos. Pero también tenemos la responsabilidad de elegir cómo lo expresamos. Esa es una de las grandes diferencias entre reaccionar y responder.

Cada uno de nosotros posee lo que podríamos llamar un sonido personal. Es la forma en que hablamos, las palabras que repetimos, el tono con el que nos dirigimos a los demás y la energía que dejamos en cada conversación. Hay personas cuya presencia transmite calma.

Otras parecen iluminar una habitación con sus palabras. Algunas saben escuchar y, cuando hablan, hacen sentir a los demás comprendidos. Por eso vale la pena preguntarnos: ¿qué creación con nuestras palabras estamos dejando en el mundo?

Una palabra firme no necesita ser cruel. Una crítica no necesita convertirse en humillación. Una diferencia no necesita convertirse en una guerra. Cuidemos mucho nuestras palabras.

No porque tengamos que hablar siempre de manera perfecta, sino porque debemos recordar que nuestras palabras, ya sea dichas o escritas, es mucho mejor que estén destinadas a elevar e iluminar la vida de los demás.

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