Cada cucharada de mole es una suma de tiempos, territorios y memorias que siguen vivas en la mesa mexicana. De esa herencia profunda parte la primera edición del Festival de los Moles en Hacienda de los Morales, una celebración que convierte a esta salsa ancestral en protagonista absoluta y la invita a dialogar con la creatividad contemporánea.
Disponible desde hoy hasta el 15 de febrero, el festival propone algo más que una degustación: un viaje por los sabores que han definido nuestra identidad culinaria durante siglos, reinterpretados con rigor técnico y una mirada actual.

Desde versiones clásicas hasta propuestas inesperadas —como el mole de guayaba, creación original de la casa—, la experiencia confirma que el mole no es una receta fija, sino una expresión viva de la cocina mexicana.
La historia comienza mucho antes del plato. En tiempos prehispánicos, el mōlli —mezcla de chiles, semillas, hierbas y frutas— era una preparación ceremonial, reservada para celebraciones y rituales. Con la llegada de ingredientes europeos como la canela, la almendra o el cacao, esa salsa evolucionó hasta convertirse en uno de los símbolos más complejos y representativos de nuestra gastronomía. Ese espíritu de tradición en movimiento es el que hoy se honra en este festival.

Aquí, el comensal diseña su propia experiencia: primero elige la proteína —pato, pulpo, res u otras opciones— y después decide con qué mole acompañarla. Son ocho variedades, cada una con una identidad clara y un carácter bien definido.
El mole poblano, elaborado 100 % en casa, respeta la receta clásica y su profundidad ceremonial. El mole negro y el amarillito de Oaxaca muestran dos caras opuestas de una misma región: uno intenso, oscuro y ahumado; el otro ligero, aromático y luminoso.

También hay espacio para moles menos conocidos pero profundamente expresivos, como el xiqueño de Veracruz, donde lo dulce y lo salado conviven en equilibrio, o el encacahuatado, untuoso y reconfortante, que remite a los guisos festivos de larga cocción. El mole verde tradicional —pipián— recuerda los orígenes más antiguos de estas salsas, con su perfil vegetal y sedoso a base de pepita y hierbas frescas.
Las creaciones contemporáneas marcan uno de los puntos altos del festival. El mole de guayaba sorprende por su elegancia y equilibrio, mientras que el de tamarindo juega con notas agridulces que refrescan el paladar. Incluso el cierre se atreve a cruzar fronteras: el pastel mil hojas de mole, acompañado de frambuesa y crema de mole, confirma que esta salsa también puede habitar el terreno del postre sin perder identidad.

Más allá del plato, la experiencia se completa con el entorno. La arquitectura histórica de Hacienda de los Morales, el ritmo pausado del servicio y la posibilidad de crear maridajes personalizados convierten la visita en un plan que se disfruta sin prisas. Aquí, el mole se saborea, pero también se escucha, se huele y se observa.
Esta primera edición del Festival de los Moles no solo celebra uno de los grandes emblemas de la cocina mexicana; también deja claro que tradición e innovación no compiten, se complementan. Una invitación a volver al origen, pero con la mirada puesta en lo que aún se está por descubrir.
